Trump: lo importante es que no piensen, que obedezcan
Estoy en la contradicción entre no dar poder a lo que me disgusta, Donald Trump, y dedicarle tiempo a entender la lógica que sigue este personaje que considero ilógico. Porque siempre pensé que la lógica tiene una estructura precisa.
Tal vez la respuesta la dio Bertrand Russell cuando, en 1923, en su artículo Vagueness (Vaguedad), escribe: «Toda la lógica tradicional supone habitualmente el empleo de símbolos precisos. Por lo tanto, no es aplicable a esta vida terrena, sino solo a una existencia celestial imaginaria».
Reconozco que esta frase la he encontrado escrita a mano por Lucila González Pazos, mi profesora de filosofía, de la que tanto he hablado, al comienzo del libro in memoriam Más que lógica (2025).
Regreso al hilo que he perdido tempranamente para reconocer que Trump está lejos de una existencia celestial y que, por el contrario, representa el pragmatismo narcisista más terrenal.
Donald Trump suele ser leído como un fenómeno interno de la política estadounidense. Sin embargo, su lógica de poder revela algo más amplio: una manera de entender el orden internacional, y la política en general, en la que la ciudadanía pensante y autónoma no es un valor, sino un obstáculo.
Trump no es un pensador iliberal en sentido filosófico. No propone una teoría del bien común ni una crítica elaborada al liberalismo. Su relación con la democracia liberal es más simple y más cruda: le resulta incómoda. No por principios, sino por funcionamiento. La deliberación, la crítica, los contrapesos y la pluralidad ralentizan la acción, introducen incertidumbre y limitan la voluntad del líder. Y su personalidad patronal no acepta límites ni retrasos, aunque produzca daños colaterales.
Desde esta lógica, Trump prefiere interlocutores claros: liderazgos verticales, personalistas, capaces de imponer orden interno y garantizar alineamiento externo. No importa demasiado si esos gobiernos son democráticos o autoritarios; lo decisivo es que sean predecibles y obedientes. La libertad de los ciudadanos dentro de esos países no entra en la ecuación. Y eso es lo que está demostrando en su «anexión» de Venezuela.
No olvidemos lo que Maquiavelo le dijo al príncipe: «Debes intentar ser amado y temido. Pero, si tienes que elegir entre ambas, elige siempre ser temido, porque el miedo es sinónimo de control social y orden». El miedo anula el pensamiento autónomo. El miedo no es propio de una democracia liberal, sino de un sistema primal en el que se busca la protección del más fuerte para obtener cobijo real o imaginario.
Aquí se entiende una aparente paradoja: Trump puede sancionar con dureza a regímenes autoritarios como el venezolano y, al mismo tiempo, mostrarse cómodo con otros gobiernos igualmente autoritarios. La diferencia no es moral ni ideológica. Es geopolítica. El problema no es el autoritarismo; es la desobediencia.
En este esquema, la ciudadanía crítica: la que protesta, delibera y exige rendición de cuentas; no es vista como sujeto político legítimo, sino como factor de ruido. Introduce conflicto donde el poder busca control; palabra donde el líder quiere decisión; mundo común donde se prefiere una cadena de mando.
El poder de la fuerza
No cabe duda de que, desde esta perspectiva, aprovechar la estructura autoritaria venezolana del chavismo empieza a responder a la lógica de la ilógica trumpiana. Lo que tiene que lograr es que le tengan miedo. A partir de ahí funcionará el principio de la disciplina jerárquica: ellos se encargarán de domar a los revoltosos demócratas y él, de sus negocios. Finalmente, debe pensar, la política es una tarea aburrida y desgastante cuando se puede ejercer el poder de la fuerza.
Desde una mirada cercana a Hannah Arendt, a quien sigo leyendo estos días, el contraste es aún más claro. Para Arendt, la política nace allí donde los ciudadanos aparecen en el espacio público, actúan y hablan entre iguales. Trump se mueve en otra coordenada: la política como gestión de fuerzas, como relación de dominación y lealtad, no como construcción de un mundo compartido.
Por eso Trump no ofrece una alternativa al agotamiento del liberalismo. Lo explota. Capitaliza el cansancio con instituciones que prometieron libertad y entregaron desprotección, sin reconstruir un espacio público significativo. El resultado no es más política, sino menos política: menos palabra, menos pluralidad, menos ciudadanía.
Tal vez esa sea la pregunta de fondo que deja su figura: si la democracia liberal pierde sentido para sus ciudadanos, ¿quién ocupará ese vacío? Ya hemos visto que la alternativa más inmediata son los autócratas. La gran disyuntiva hoy no es entre izquierdas o derechas, sino entre demócratas o autócratas, ciudadanos pensantes o consumidores aceptablemente satisfechos.
Por eso estoy de acuerdo con uno de los columnistas chilenos que sigo cuando, en su artículo El patio trasero, dice: «Execrar la tiranía de Nicolás Maduro y, al mismo tiempo, condenar el ataque militar de Estados Unidos contra un país soberano no es contradictorio. Al contrario, es la única posición consistente con el respeto al derecho como principio básico de la civilización».
Lo civilizatorio está en decadencia cuando ha terminado el primer cuarto del siglo XXI. Desde luego, no podemos considerar que haya sido como una primavera. Por eso prefiero pensar en positivo y creer lo que estudios recientes sugieren: que la maduración cerebral, un proceso clave de la adolescencia, se extiende hasta los 32 años, marcando el fin de esta etapa alrededor de esa edad, cuando el cerebro alcanza su punto más alto de maduración. Puede que aún estemos en la adolescencia de una época que terminará dándole valor al pensamiento por encima de la obediencia.
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