Sobre Dios, humildemente

Gonzalo Díaz y Juan Vera  - Artículo articulado - Sobre Dios, humildemente

Coautores de este artículo: Gonzalo Díaz y Juan Vera.

 

Gonzalo y Juan se conocen desde antes del 2010, la fecha exacta es imprecisa, pero fue en uno de los "Encuentros en lo Alto" de la Fundación Desafío de Humanidad. Juan observaba a Gonzalo como un hombre gentil y callado que siempre escuchaba con atención.

Varias veces más en esos años ese fue el lugar de volver a verse o en algunas otras actividades de la Fundación. Gonzalo supo que Juan era un coach reconocido y Juan supo que Gonzalo era un arquitecto y empresario inmobiliario de Rancagua.

En las transformaciones que tuvo la gobernanza de la Fundación en época de la pandemia ambos pasaron a formar parte de su Directorio y eso les permitió conocerse más, escucharse, coincidir y sonreír ante sus diferencias.

El hecho que dio un giro a su relación fue un directorio celebrado en la casa de una de las directoras Catalina Vásquez en diciembre del 2024. Se reunieron alrededor de una paella preparada en vivo por Arantza, la hija de Juan y tras tocar los temas por los que estaban convocados, empezaron a hablar de la espiritualidad y de Dios. En el grupo coinciden cristianos, católicos, un anglicano y Juan, que se define como agnóstico porque no tiene suficientes evidencias para decir que Dios existe, ni suficientes evidencias para decir que Dios no existe, aunque reconoce una creciente espiritualidad a partir de su operación de corazón en el 2010. Fue una conversación profunda que, aunque en los extremos se encontraban Gonzalo, incorporado al Opus Dei hace unos años atrás y Juan y su teoría del agnosticismo, produjo una profunda unión entre ellos.

Desde entonces Gonzalo ha aprovechado algunos de sus viajes desde Rancagua a Santiago para visitar a Juan en su casa y llevarle libros sobre Dios: "Dios, la ciencia, las pruebas" de Michel-Ives Bolloré y Oliver Bonnnassies, "Un estímulo todos los días" de Víctor Manuel Fernández" con el que tuvieron una intensa conversación, Juan escribió en la primera página del libro "Me lo entregó Gonzalo Díaz en una visita llena de significados espirituales. 18 diciembre 2024) y "Dios existe. Yo me lo encontré" de André Frossard, en diciembre del 2025.

La amistad entre ambos se ha ido convirtiendo en una relación muy profunda. Gonzalo empezó a participar en los distintos programas que dirige Juan con auténtica dedicación. Juan en su reciente presentación en "Biolibros las Huellas" consideró que Gonzalo es la persona que más ha influido en él en los últimos años. El cariño, la gratitud y la alegría son sentimientos y emociones que están presentes cuando se encuentran.

Por eso Juan ha pedido a Gonzalo que escriban juntos un artículo articulado con el título "Sobre Dios, humildemente". La humildad, para no dar la sensación de que pretenden compararse con el gran Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano, cuya última publicación hasta ahora es "Sobre Dios" (2025)

Como siempre Juan hace la primera pregunta:

Juan Vera (J.V.):— Gonzalo querido, me gustaría que me contases cómo fue tu encuentro profundo con Dios.

Gonzalo Díaz (G.D.):— Querido Juan: ¡que regalo más grande tu amistad!

Dices muy bien cuando escribes que “el cariño, la gratitud y la alegría surgen espontáneamente cuando nos encontramos, y, sobre todo, esto de “sonreír ante sus diferencias” creo que es lo que hace aún más especial esta amistad.

Es en la sonrisa franca, espontánea, auténtica desde donde mejor se ha ido forjando nuestro mutuo cariño. La sonrisa verdadera es el contrato de amistad mejor redactado.

Y ante tu pregunta sobre cómo fue mi encuentro profundo con Dios…recorriendo mis recuerdos hacia atrás… te puedo decir que han sido varios estos regalos de encuentro recibidos…  mirados desde la distancia del tiempo, me ayudas a comprender que aquella primera alegría, el día de mi primera comunión, fue al percibir, con la mirada de niño, la primera sonrisa de Dios, ese recuerdo me acompañó durante mi primera infancia.

Recuerdo también, cuando ya siendo estudiante de enseñanza media, en un viaje en bus de Santiago a Rancagua, un día de invierno frio y luminoso, viendo la cordillera de los Andes nevada, me vuelve a sonreír, mostrándome el regalo de Su creación.

Hay también períodos duros en que esa sonrisa parece desaparecer, en que se piensa que todo fue una ilusión, producto de la imaginación, en los que también desaparece por largo tiempo la verdadera alegría, pero que sin embargo, el anhelo del vago recuerdo de la sonrisa de Dios me obliga a estar más atento,… y entonces…en una triste esquina de Rancagua…en un triste día lluvioso de invierno…cuando todo era gris…casi sin darme cuanta… dejo pasar a una mujer joven, pobre y embarazada…vestida con un largo y gastado abrigo oscuro…que, cruzando a pie frente a mi auto…me regala su sonrisa agradecida…Tu sonrisa agradecida Señor…y con ella ¡vuelve mi alegría!

Sin embargo, motivado en saber más para creer más, buscaba en los libros de espiritualidad respuestas más contundentes… que me permitieran entender con toda claridad el significado de estas señales… hasta aquel domingo 30 de septiembre de 2001, en que, al poco de haber entrado a una pequeña capilla de la Virgen del Carmen, comprendí que debía creer más para saber más, debía decir SI, y se comenzaba a develar un nuevo idioma con el que leer todos esos libros ya leídos y se abrirían horizontes insospechados…allí la alegría fue completa.

Hoy no tengo dudas en decir que esas alegrías no son mías, son regalos que me invitan a sonreír a diario con el buen Dios.

Gonzalo Díaz y Juan Vera  - Artículo articulado - Sobre Dios, humildemente

Y paso a preguntarte, después de leer la hermosa oración que hace un par de días me has compartido, y que termina diciendo: “Señor, Tu Juan, el que yerra, el que está enamorado, el más sencillo”, dime, querido amigo, ¿de dónde piensas que viene esa bondad que muestras en tu carta?

J.V.:— Gracias, Gonzalo, por tu respuesta que tiene la belleza de la sencillez, y permíteme aclarar, para quien nos lea o escuche, que la oración a la que te refieres fue la que escribí el día en que me operaron del corazón. 

Fue un día 19 de julio del 2010. Angélica, el día antes, al despedirse, me dijo que estaría en la clínica a las 7 de la mañana para que rezásemos juntos. "Ya sabes que no rezo", le dije "respeta mi agnosticismo". Ella insistió: "está bien, yo vendré para que reces conmigo". Esa mañana desperté muy temprano y con la decisión de que yo escribiría la oración que íbamos a rezar y, como viste, empezó de una forma que aún me sorprende.

"¡Ojalá existas, Señor!, ¡ojalá estés aquí!, ¡ojalá hagas de mi corazón insuficiente una casa de población, donde nacer y contemplar los años que me queden, con sus veranos y sus nieves, desde una pacífica ventana por la que cada mañana de mi vida salga el sol!"

No puedo darte una explicación del porqué de esa repentina decisión de escribirla yo y de escribir lo que escribí. Solo sé que estaba profundamente emocionado y sentía un impulso irrefrenable. Desde entonces he tenido una mayor conciencia del misterio que es vivir.

¿De dónde viene eso que tú llamas bondad? Tampoco lo sé ciertamente. Creo en el bien, creo que seguimos existiendo porque el bien puede sobre el mal, aunque este sea más notorio. El Bien es humilde como el silencio y en él se expresa. Y me pareció que esa oración era, de alguna manera, una conversación conmigo mismo, tal vez con eso que llamamos alma. Si Dios es la esencia del Bien, aunque no responda a la narrativa de una religión para atraer creyentes, esa esencia está en mi corazón.

Lo que sí puedo decirte es que cuando llegaron con la camilla para llevarme al quirófano, me fui sin miedo alguno, con una sonrisa en la boca, despidiéndome de mis hijos, de mi hermana y de Angélica, que estaban en la habitación. Le dije un adiós como si me fuese de excursión (esas fueron días después sus palabras). Ellos quedaron sorprendidos como si aquella expresividad fuera el resultado de algún fármaco que me hubiesen puesto en el suero intravenoso. Volví después de 12 horas con la misma alegría.

He aprendido en estos últimos años a aceptar que no todo tiene explicación y que mi mente intelectual no es el único camino para conocer y comprender. Para que algo sea cierto no es necesario que sea comprendido. Exigir que sea así es una forma de arrogancia. Por eso, nuestra conversación y nuestra amistad tomó una velocidad y una profundidad como nunca hubiese imaginado. Me basta esa sonrisa, ese contento tuyo, para reconocer que hay Bien y que algo más poderoso que nuestras diferencias está sobre nosotros.

Y vuelvo a preguntarte yo ¿qué te impulsó a elegir venir a conversar conmigo y a tratar delicadamente de que hablásemos de Dios, a traerme esos libros y poner una conversación que no estaba en mi agenda?

G.D.:— Querido amigo: Con tu respuesta me doy cuenta de que entonces tenemos otra nueva coincidencia en nuestras miradas… y es que yo tampoco te puedo dar una explicación lógica del porqué decidí ir a conversar contigo, pero si te responderé con certeza y espero sin arrogancia a lo que me preguntas.

Revisando mis apuntes hacia atrás, (tengo hace unos años la costumbre de anotar algunas ideas que aparecen en medio de un rato de oración), te puedo decir que encontré el día 30 de agosto de 2023, a los pocos días del fallecimiento de Denis Gallet, y a raíz de una pregunta tuya muy honesta y bellamente expresada sobre el lugar en que se encontraría nuestro común amigo, lo que escribí: “Te pido Señor, especialmente por Juan, para que a través de Denís le regales la alegría de la fe”.

Pasó más de un año, en que nos encontrábamos regularmente en nuestras reuniones de directorio de Desafío y hablábamos de los temas propios del momento sin que yo recordara especialmente lo que había escrito en agosto del 2023 hasta ese día de diciembre de 2024 en casa de Catalina Vasquez.

Hacía pocos días, el 8 de diciembre, se había celebrado la fiesta de la Inmaculada Concepción, y fue a raíz de esto, que, sumado a la excelente paella preparada por tu hija Arantza y al espectacular Gin elaborado por nuestro amigo Kiko García, que empezamos a conversar sobre este dogma, con opiniones diferentes, pero todas dentro de un marco de mutuo respeto.

Fue al despedirnos en que me atreví a invitarte a un café para conversar y recuerdo que me dijiste algo así como “este café va a estar bueno…entre un Opus y un agnóstico”. ¿Por qué te planteé la posibilidad de este café? No lo sé, sólo te puedo decir que me pareció muy simpática tu respuesta y volví contento a mi casa en Rancagua.

A los pocos días tenía que ir nuevamente a Santiago y la promesa del café podría haber pasado y haberle dejado ese lugar a otras reuniones, pero algo o Alguien me decía que tenía que tomarme ese café contigo. Entonces te llamé y quedamos en que me invitarías a tu casa ese 18 de diciembre.

Tú ahora sabes que es costumbre mía andar siempre con dos o tres libros dentro de mi mochila. Ese día tenía aquel pequeño librito “Cuando el mundo gira enamorado”, que narra episodios de la vida de Viktor Frankl en los campos de concentración y que me había impactado profundamente aquella frase: “Tenía yo catorce o quince años cuando descubrí que la mejor definición de Dios es, quizá, la de ser el interlocutor de nuestros diálogos más íntimos”, la había compartido antes, sin embargo, cuando te la leí, tuve la certeza de que eras quien mejor la había entendido.

¿Por qué tenía precisamente ese librito ese día y porqué pensé en leerte precisamente esa frase?, no lo sé. Sí estoy seguro de la emoción y la alegría que sentí yo al leerla  y creo que también la sentiste tú.

Cuéntame, querido amigo, parafraseando a Pablo Huneeus: ¿Qué te pasó Juan?

J.V.:— Empezaré por decirte que no he leído a Pablo Huneeus. Sé que es un sociólogo chileno, que es escritor y he escuchado que tiene un buen sentido del humor. Eso ya lo encuentro positivo, aunque nosotros hablamos en esta ocasión más del amor que del humor.

¿Qué me pasó? que tocaste un espacio muy íntimo mío, Gonzalo. Te cuento, desde los 14 años empecé a escribir diarios y en ellos me contaba a mí mismo lo que había pasado en el día y lo que había sentido. Esa costumbre me duró muchos años. De hecho, induje a mis hijos a que ellos también los escribieran, pero no tuve mucho éxito.

Con el tiempo, empezaron a abundar más las preguntas que las descripciones. Eran preguntas que me hacía a mí mismo. Juan Vera hablaba con otro yo al que llamé Juan Soriano. Ese es el apellido que debería haber tenido si mi abuelo paterno hubiese reconocido al hijo que fue después mi padre. Esas conversaciones fueron importantes para forjar mi carácter, para entenderme, para saber lo que pensaba. Eran diálogos íntimos, como los llamó Viktor Frankl en el párrafo que me leíste, diálogos que en ocasiones viví como mensajes que mi propia voz me daba. Al leerlos, después, me convertía en el observador de una conversación que me aclaraba muchas cosas. 

Por otra parte, en mi época creyente, cuando pasaba las vacaciones en Jumilla, el pueblo de mi madre, subía al Monasterio de Santa Ana de excursión y cuando entraba al templo solo, empezaba a conversar con el Cristo amarrado a la columna, una imagen del escultor murciano del siglo XVIII Francisco de Salzillo. A veces, le pedía cosas para mi familia o para mí. A veces, le contaba lo que estaba pasando en mi crecimiento, incluidas mis dudas sobre Dios. Otras me sentaba en un banco y me quedaba en silencio, cerraba los ojos y dejaba que Juan Vera y Juan Soriano conversaran. 

Una de esas veces, después de un enfado profundo con la Iglesia en el que decidí poner en duda todo. Subí al Monasterio y le pregunté: ¿Jesús tú crees en Dios? y no sentí ninguna respuesta, sólo su mirada doliente y el cuerpo lleno de heridas sangrantes por los latigazos de los romanos. ¿Tú crees en Dios? Y de nuevo el silencio. Interpreté que no quería decepcionarme. No acepté que el que calla asiente. En todo caso me estaba insinuando: descúbrelo tú, Juan. 

Esto no lo he contado nunca, al menos con este detalle. Ese día de diciembre llegaste, me leíste esa frase y yo te dije que tal vez esa interpretación sin un dios con narrativas inventadas, ese momento sagrado de conversar en el silencio, podría tener sentido para mí. Que era posible que nuestras respetuosas diferencias en el asado en casa de Cata se disiparan en las palabras que me estabas leyendo. Tú no insististe y, al marcharte, me pareció que también tú me decías: descúbrelo tú, Juan. Y a la vez tuve la sensación de que añadías: yo voy a seguir aquí, sin amarres y sin columna y decidí que tenía que seguir hablando contigo y cultivando tu presencia y nuestra amistad. Y eso hago.

 
 
Gonzalo Díaz y Juan Vera  - Artículo articulado - Sobre Dios, humildemente
 
 

Y ahora saliendo de nosotros, Gonzalo, ¿crees que este tiempo en que se ha hundido la confianza en las instituciones, en la política y la economía, en el que no hay referentes, puede ser un tiempo de vuelta a la espiritualidad? ¿Nos hace falta Dios?

G.D.:— Gracias Juan por compartir tu experiencia en el monasterio de Santa Ana, con tus preguntas sin respuestas, o preguntas de un inquieto adolescente, que, como bien dices, podría tener respuestas por descubrir.

¡Que bella e impactante la imagen del Cristo amarrado a la columna!

Luego de una primera impresión de desconcierto, comencé a ver a un Cristo doliente pero no abatido; humillado pero coronado. No con la corona de espinas, sino con la de su verdadera dignidad; amarrado de manos, pero en pie; un Cristo reflexivo, con las ataduras limpias y sin apretar, como indicando que son voluntariamente aceptadas, ataduras liberadoras. 

Es evidente, como comentas, que vivimos un tiempo de desconfianza generalizada, ya no aparecen con claridad referentes válidos. Las razones para tratar de explicar el porqué de esta situación darían para otra larga conversación. Sin embargo, creo que estamos viviendo un tiempo de inflexión, de cambio de mirada, desde una sociedad del rendimiento y del consumo, con sus promesas incumplidas de felicidad, a un tiempo de búsqueda de lo que nos diferencia de los animales, tiempo de reflexión, de búsqueda de sentido, de búsqueda del bien.

En palabras de Byung-Chul Han, estamos transitando por un período de cansancio curativo, donde aparece el “amable desarme del Yo”

Hace un par de días que venía rumiando tu pregunta, las posibilidades de respuesta honesta de mi parte eran varias, pero desde el jueves recién pasado no tuve ninguna duda sobre cómo contestarte.

Luego de una larga tarde de reuniones y antes de volver al hotel en Marbella, buscando una iglesia cercana, encontré la del “Santo Cristo del Calvario”; nada más entrar, me encuentro con la imagen que te regalo, el Santísimo expuesto y la frase “Jesús, envía tu espíritu para transformar mi corazón”, y recordé además aquella sencilla oración “envía tu espíritu Señor, y renueva la faz de la tierra”.

Hoy que te escribo, en la víspera del domingo de Pentecostés, leo en el evangelio del día: “estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos” y más adelante agrega “Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros, como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”.

Sabemos cómo a partir de ese momento, los mismos discípulos que primero abandonan a Cristo, que luego se alegran al comprobar su resurrección pero que sin embargo siguen escondidos temiendo por sus vidas, se transforman, son colmados por un nuevo tipo de alegría que los llevará a transformar el mundo. ¿Qué pasó?

Recién allí aparece el sentido de misión, el Señor, frente al temor de sus discípulos, les responde con una vocación. Desde ese momento en adelante ya no esperarán a ser perfectos para ponerse en marcha, confían en que tendrán la fuerza para levantarse después de cada nueva caída y recomenzar cada vez con una renovada alegría. Estarán dispuestos para comenzar cada nuevo día diciendo “hágase”.

Creo que este tiempo del “cansancio curativo”, es tiempo de encuentro con el bien que todos anhelamos, es tiempo de vuelta a la espiritualidad, es el “Tiempo para Dios”. 

Y termino preguntándole al Juan siempre pródigo en iniciativas, entre todas las que has desarrollado, ¿en cuál has sido más el verdadero Juan?

J.V.:— Difícil respuesta, Gonzalo. Tengo que bucear en mis recuerdos, creo que mi vida ha estado llena de Iniciativas y reconocerlo me llena de una inusitada satisfacción. Las iniciativas hablan de la acción, pero también de la búsqueda y de un cierto inconformismo con el mundo que aparecía ante mis ojos como el que me correspondía vivir, cuando yo consideraba que podría ser mejor, más justo, más equitativo, más poético, con más alegría.

Vuelvo la cabeza y me aparece la creación de empresas cuando apenas había cumplido 21 años y tenía un sesgo crítico contra el empresariado, pero aun así pensaba que podría haber empresas que aportaran a la sociedad. Era suficiente que nos dieran sustento económico para vivir, el resto era más y mejor sociedad. Vuelvo la cabeza y veo mi obsesión por el mundo abierto, por la educación, acompañar a otros, evitar la soledad, ser parte de otro pensamiento para enriquecernos y encontrar interpretaciones colectivas. Reflexionar, aprender a articular espacios para una reflexión plural.

Vuelvo la cabeza y llego a los tiempos cercanos y el descubrimiento de leer vidas, de contarnos la vida para reconocer que siempre hay algo de los otros en mí. En estas últimas búsquedas tú has estado presente. 

¿Cuándo fui más Juan? Si me dejo llevar por mi voz interior, vuelvo a los diálogos interiores de mi juventud, en aquellos diarios de los que te he hablado. Al escribirlos sentí la plena intimidad. No había otra intención más que escucharme y reconocerme parte del universo, polvo de estrellas. 

Fui más Juan al enamorarme, cuando el sentimiento me hizo trascender a un espacio sin egoísmo. Fui más Juan cuando pusieron en mis brazos a mi hijo Juan Juan y recién nacido me miró con sus ojos abiertos queriendo decirme soy tuyo y tú eres mío. Tal era su fijeza. Y más tarde cuando nació Arantza y sentí que ella era alegría y juego. Y definitivamente cuando fui abuelo y Laura me devolvió a esa infancia que viví apresurado por tanta búsqueda y tan poca vivencia del ahora.

Y he vuelto a ser más Juan en los últimos años a través de las nuevas iniciativas. Biolibros, la posibilidad de leer vidas y reconocer que hay un hilo que nos une a todos. Eso me ha hecho sentirme un hilandero, un humilde creador de encuentros, alguien que camina más lento y ve pasar los días acariciando la vida, más cerca de la humildad y de levantar los ojos para buscar respuestas que no tienen por qué ser mías. Ecos de otra dimensión y la convicción de que como dijo Goethe cuando ponemos la voluntad al servicio de un propósito la Providencia actúa a nuestro favor.

Tú llamas Dios a esa Providencia, yo creo que puede ser una fuerza cuántica que está por encima de nosotros, una fuerza superior. Alguien que fuera un observador de otro planeta podría decirnos ¿Por qué os empeñáis en creer que habláis de cosas diferentes? Seguramente llevaría razón. De hecho, desde que te conozco, Gonzalo, desde que conozco tu perseverancia, tu bondad y tu alegría de vivir, no tengo reparo en considerar que esa fuerza sea Dios. Me cuesta, como te dije, la narrativa usada como poder por quienes se autonombran sus representantes. Y me doy cuenta de que cuando vuelvo al Monasterio de Santa Ana, el Jesús amarrado a la columna, me llena de un sumiso respeto.

Solo me queda darte las gracias por aceptar mi invitación y abrir este profundo diálogo.

***

Gonzalo y Juan tardan en levantarse de su café imaginario. Les cuesta terminar sus conversaciones. Gonzalo sonríe y tiene los ojos brillantes. Juan mira profundamente a Gonzalo. Se dan un abrazo y salen a la calle.

El otoño ha regado las aceras de hojas secas que Juan fotografía. Empiezan a hablar del encuentro que organizarán para visitar el campo de almendros de Gonzalo, cuando los árboles estén floridos y la belleza de la naturaleza nos dé todas sus respuestas.

 
 
 

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