Literatura y Vida
Coautores de este artículo: Juan Vera y Juan Pablo Belair
Juan Pablo y Juan no recuerdan con precisión cuándo y cómo se conocieron. No tienen muchos recuerdos que puedan referir de forma detallada y sin embargo ambos sienten que lo vivido fue profundamente significativo. Tal vez esa imprecisión forme parte de la esencialidad de la vida. No son precisas la belleza ni la esperanza. El futuro es impreciso. Incluso lo son las intenciones, porque nunca sabemos en qué concluirán.
Juan Pablo sitúa el encuentro entre 2003 y 2005. Juan, más cerca del 2005, porque fue ese año en el que se fue a vivir a la calle de Ricardo Lyon de Santiago y en ese departamento hubo un encuentro en el que recibió al grupo de estudiantes del Magister de Gestión Pública en el que Juan Pablo no participó, pero con el que tenía relaciones cercanas y por eso los acompañó en su visita.
Ahora bien, regresando al escenario impreciso encuentran muchas posibilidades para que el primer encuentro se produjera. Juan Pablo trabajó en ChileCalidad y Juan era un referente en todo el proceso de modernización del Estado de la época. En ChileCalidad estuvo Raúl Herrera con quien Juan tenía una relación de gran amistad. Pudo ser el INDAP de Ricardo Halabí a quien Juan acompañó como coach durante años. Pudo ser en BancoEstado. Y si no fue en esos lugares, aún es más valioso hoy reconocer caminos que ambos pudieron recorrer sin encontrarse.
Entonces pudieron no saberlo, pero a pesar de la diferencia de edad de más de 20 años, ambos vivieron por la misma época separaciones matrimoniales, es decir, momentos de dolor y muerte y de volver a nacer a la vida. Momentos en los que la sensibilidad está abierta para reconocer el sentido y la huella.
Hay un momento que Juan Pablo recuerda. Están presentes Jorge Bustos, Katherine Villarroel, Jessy Echeverría. Y él pone la canción de Pedro Aznar: "La sombra del agua", dedicada al poeta mexicano Jaime Sabines y a su poema "Los amorosos". Juan admira a Sabines y se reconoce en aquellos dolorosos versos: Los amorosos son los que abandonan/ son los que cambian, los que olvidan. / Su corazón le dice que nunca han de encontrar/ no encuentran, buscan. / Los amorosos andan como locos, / porque están solos, solos, solos, / entregándose, dándose a cada rato, / llorando porque no salvan al amor.
En un momento de la canción de Aznar: Amaneció sin porvenir/ El sueño, la palabra/ Siempre estarás para vivir/En la sombra del agua. Juan se conmovió y Juan Pablo se sintió aportador. No era la relación de mirar hacia arriba al profesional referente. Se abrían otros caminos que entonces no recorrieron.
Juan Pablo miraba a Juan como un padre con el deseo de llegar a ser un Juan. Juan reconoció en Juan Pablo al joven que hubiera querido ser, porque a la misma sensibilidad, a la misma atracción por la literatura, el arte y la poesía, unía la humildad, la sencillez y la simpatía para despertar afecto, sin necesidad de ampararse en una trayectoria.
La vida los separó y hace unas semanas Juan Pablo fue facilitador de un taller en la institución pública en donde trabaja Angélica, la pareja de Juan. Se reconocieron y surgió la posibilidad de una cena, de una conversación para volver a anudar, lo que no debió desanudarse. De inmediato Juan invitó a Juan Pablo a escribir juntos este artículo - articulado, que empieza con su pregunta.
Juan Vera (J.V.):— Querido Juan Pablo, quiero que hablemos de la literatura como parte de la vida, sea a través de los libros o de la narrativa del vivir. ¿En qué momento y por qué sentiste que la literatura tenía que ver con tu identidad y con tu vida?
Juan Pablo Belair (J.P.B.):— Querido Juan: En mi vida, la literatura no apareció primero como literatura, sino como escritura. Antes de sentirme lector tuve ganas de escribir, quizá al revés de lo que les ocurre a muchos escritores.
Mi primer recuerdo es una pequeña obra de teatro. Debo de haber tenido unos doce años. Qué rareza haber empezado por ahí. La obra hablaba de mi familia o, más precisamente, de lo pesimista que me parecía. Y era cierto: había alcohol, problemas económicos, abandono, violencia. De nada de eso se hablaba, por supuesto. Mi obra intentaba ponerlo en escena, hasta que de pronto aparecía el autor y se rebelaba contra sus propios personajes: los increpaba, les decía que eran todos unos amargados, que la vida había que afrontarla de otra manera. No había leído a Unamuno y hacía entrar al autor en su propia obra. Qué risa. No recuerdo cómo terminaba, pero ahora pienso que allí la escritura ya era para mí una manera de decir lo que en la vida cotidiana no podía decirse.
Mi segundo recuerdo literario es de los catorce años. Un profesor de Historia nos pidió que escogiéramos un hecho histórico, tomáramos una escena y la reescribiéramos. Era un ejercicio extraordinario. No recuerdo el acontecimiento, pero sí la escena: un hombre sería llevado a la guillotina esa mañana y yo relaté todo lo que pasaba por su cabeza durante el trayecto. El profesor me felicitó con gravedad. Me dijo que debía seguir escribiendo, que lo que había hecho era muy bueno. Tal vez fue la primera vez que alguien me devolvió la idea de que yo podía escribir, de que allí había una capacidad que valía la pena cultivar.
Ese verano reciclé un cuaderno. Por un lado, escribía letras de canciones; por el otro, poemas. En realidad, eran casi lo mismo. Quizá las canciones exigían un fraseo más regular. Yo ya tocaba guitarra y quería componer mis propios temas. Creo que entonces me di cuenta de que me gustaba decir cosas bellas, acariciar a otro con palabras. Primero fue un otro; después, una otra. Aunque no escribía necesariamente para alguien en particular, me ponía en situaciones, imaginaba emociones y experiencias. Conservo canciones escritas entre esa época y los veintiún años que hablan de vivencias muy profundas que yo todavía no había tenido. La escritura me permitía ensayar vidas antes de vivirlas.
Con el tiempo fui dejando esas canciones y esos poemas como quien deja atrás las cosas de la adolescencia. No fue una decisión consciente; simplemente no les di prioridad. La escritura permaneció allí, pero en un segundo plano, hasta que dos acontecimientos cambiaron mi relación con la vida y, por lo tanto, con la literatura.
A los veintiún años enfermé de cáncer. Durante la enfermedad no escribí, pero me conecté con una profundidad y unas ganas de realizar cosas que hasta entonces desconocía. Cuando me sané, quise hacerlas todas. Me volví dirigente estudiantil y la escritura regresó a través de discursos, textos políticos, revistas y proyectos colectivos. No sé si ahí había todavía una identidad literaria, pero sí había una voz, convicciones éticas y una confianza en la palabra como impulso para la acción. Escribir era intervenir en la realidad, convocar a otros, construir algo juntos.
El segundo acontecimiento fue mi separación. Entonces abrí un blog y comencé a escribir textos algo abstractos sobre todo lo que me pasaba. Al principio era una necesidad: poner afuera el dolor, tratar de entenderlo, embellecerlo. Poco a poco fui dándole una forma poética. Comencé también a devorar libros de poesía. Leí mucho y con una intensidad nueva. Admiraba a los poetas y empezaba a reconocerme en ellos. Yo era uno de ellos, o quería serlo. Me atraía esa figura melancólica, enamorada de la emoción y de su poder generativo. Los poemas de esa época no me gustan demasiado. Quizá su valor no estaba en su contribución a la literatura, sino en haberme atrevido a escribir desde las vísceras y darle a mi escritura, tal vez por primera vez, el espesor de la experiencia propia.
Sin embargo, todavía no terminaba de creerme el cuento, al menos ese cuento literario. Escribía y leía poesía como un detective salvaje, pero me costaba reconocerme como escritor. Fue mucho después, en Londres, cuando un gran amigo, un escritor de fuste, me ayudó a reconocer esa identidad. Y digo reconocer en un sentido casi literal: volver a conocer, como algo propio, aquello que había estado en mí desde siempre.
Una vez, como tantas otras, nos reunimos en un pub. Me dijo con mucha seriedad que yo debía tomar una decisión esencial: apostar por la literatura. Según él, tanto mis textos poéticos como mis relatos producían algo en el lector, no lo dejaban indiferente. Y eso, me dijo, es una responsabilidad, pero también una delicia para quien escribe.
¿Y por qué será así? —le pregunté con ingenuidad.
Porque tu vida es literatura. Hay una coherencia entre lo que crees, lo que piensas, lo que dices y lo que escribes.
Por eso creo que sentí la literatura como parte de mi identidad muy tardíamente. La escritura, en cambio, había estado conmigo desde el principio. La literatura llegó después, cuando comprendí que todos esos impulsos de escritura pertenecían a una misma historia y provenían de un mismo lugar, de una misma forma de estar en el mundo. No fue una vocación repentina ni una revelación juvenil. Fue un reconocimiento lento. Tal vez por eso mi relación con ella se parece menos a un enamoramiento y mucho más a un amor maduro.
Juan, si la literatura ha sido siempre consustancial a tu vida y tu escritura ha encontrado distintos caminos publicando relatos, tu libro de coaching y liderazgo y numerosos textos que semana a semana recibimos con entusiasmo y asombro ¿qué reconociste en mí de ese joven que tú dices que habrías querido ser? ¿Hay una forma de escritor que soñaste ser y que sientes que todavía está pendiente?
J.V.:— Querido Juan Pablo, antes de responderte quiero confirmarte que la literatura ha sido siempre consustancial a mi vida. El día que empecé a leer me sentí con poder. Ya era otro, ya no era el niño al que le contaban cuentos, los podía leer yo y en mi cabeza convertirse en cuentos distintos y al contarlos inventar un final diferente. Ese es para mí un momento inolvidable.
Quiero decirte, también, que para mí literatura, escritura y lectura han vivido juntas, como una forma de vida interior. Venero la palabra cuando escribo y cuando leo. Sé que no todo lo que se escribe es literatura, aunque, en realidad, hasta en las expresiones más administrativas o coloquiales de mi escritura, he tenido la sensación de que podían ser dichas por un personaje que habitaba en mí, viviendo una vida paralela en la que un episodio inesperado podría introducir el misterio o el salto a un escenario distinto.
Y te cuento esto, porque algo tiene que ver con el joven Juan Pablo Belair que conocí. ¿Qué es lo que reconocí en ti? Alguien que hablaba de poesía, de libros o de personajes novelescos de una forma abierta, con naturalidad, incluso con un cierto orgullo. En ese momento yo también lo hacía, pero en mi adolescencia y mi juventud traté de que sólo fuera conocido en mis círculos más íntimos. Pertenecían a mi interior. Algunas veces, cuando era descubierto por otros y mostraban sorpresa, yo hablaba de la cara B de Juan.
Reconocí, por lo tanto, valentía. No es que me hubiera gustado tener tus aficiones o tus gustos. No es que envidiara ser lector o escribir. En todo eso podía reconocerme, y eran la base de una conexión espontánea, como la tenía con otras personas de mi entorno. Ya antes de venir a Chile formé parte del Club de Escritores independientes en Madrid y en el 2003, nueve años después de llegar a este país en el que nos conocimos, formé parte del taller literario de Marco Antonio de la Parra en el que estaban algunas personas más jóvenes que yo.
La valentía, el desparpajo, el orgullo o como quieras llamarlo. Eso fue lo que me llevó a pensar: "así tenía que haber sido". Sin el freno a declarar lo que me gustaba, sin el temor a que eso pudiera quitarle valor al rigor de mi trabajo en otras instancias. El miedo a que alguien pensara que quien veneraba a la generación poética del 27 español y a Rabindranath Tagore, Juan Ramón Jiménez o las novelas de Gonzalo Torrente Ballester, Miguel Delibes, Juan Marsé y Carmen Martín Gaite no podía escribir los domingos en el diario El País en las páginas del suplemento de las escuelas de negocios sobre el liderazgo organizacional del siglo XXI, que aún no llegaba.
Prejuicios, que en algún momento me expliqué, diciéndome que me había hecho adulto de golpe, que el niño que aprendió a leer dejó los tebeos para leer la Ilíada a los 7 años, sin apenas tiempo de darse cuenta de que seguía en la infancia.
Me preguntas, también, si hay una forma de escritor que soñé ser y que aún siento pendiente. Creo que sí, que los poemarios que escribí fueron solo el comienzo de un mundo interior que sigue esperando su momento. Un momento que llegará, estoy seguro.
Y dicho esto, quiero preguntarle al magíster en Literatura en el que te convertiste años después de conocernos ¿Podemos decir que es literatura una obra que no haya tenido lectores?, ¿a qué podemos llamar literatura, en propiedad?
J.P.B.:— Querido Juan, entiendo ahora que reconociste en mí el desparpajo para mostrar mis intereses literarios. Desparpajo, gran palabra, que en esos años me trajo más de un problema, pero esa es otra historia. Creo que lo mío era una mezcla de inconsciencia y orgullo por haber descubierto esa pasión. Quizá también cierta temeridad, porque el desparpajo inconsciente puede ser peligroso.
Tú, en cambio, habías protegido al poeta como una cara B, quizá por temor a que le restara credibilidad al profesional. Tal vez sea ese uno de nuestros prejuicios más persistentes: creer que la poesía debilita el rigor. Cuántas veces hemos escuchado a encumbrados líderes decir: “Esto es lo importante; lo demás es poesía”. Y, sin embargo, la sensibilidad poética muchas veces vuelve más hondo el alcance de la palabra. Una vez escribí en Contradicción: “Y resulta que me encontré con la sensibilidad alojada en lo profundo”. Creo que, como poeta y coach, eres la mixtura perfecta: “un embutido de ángel y bestia”, diría Parra.
Ahora me devuelves una pregunta difícil, de esas ante las cuales el magíster sirve principalmente para saber que cualquier definición será insuficiente. No todo lo escrito es literatura, pero tampoco creo que esta dependa de una publicación, de una moda, de la crítica ni de la cantidad de lectores. Yo diría que comienza cuando el lenguaje deja de ser solamente un vehículo para informar y adquiere espesor propio; cuando las palabras crean una experiencia, abren un mundo y dejan en quien las recibe algo que no puede reducirse a un mensaje.
¿Puede ser literatura una obra que no haya tenido lectores? Creo que sí, aunque con una salvedad: existe como obra, pero permanece a la espera, en potencia. Octavio Paz escribe en El arco y la lira que el poema es una posibilidad que “sólo se anima al contacto de un lector o de un oyente”. Sartre usa otra hermosa imagen: el objeto literario es “un trompo extraño que no existe sino en movimiento”. La escritura construye el trompo, pero la lectura lo hace girar. El texto está allí antes de ese encuentro, pero la experiencia literaria sucede cuando alguien lo lee, lo recrea, lo cambia y lo aumenta dentro de sí. La publicación no convierte un texto en literatura; el lector permite que la literatura acontezca.
Floridor Pérez me dijo una vez que quien lee poesía siempre es poeta y que los poetas siempre escriben, aunque les cueste mostrar sus obras o ya nadie los publique. Quizá por eso no exista una obra completamente desprovista de lectores. Quien escribe también se lee, se escucha, corrige, se sorprende o se desconoce en sus propias palabras. El autor es el primer lector de aquello que ha escrito; después vendrán otros, quizá muchos años más tarde. Hay obras que son de guarda.
Quizá lo que nos cuesta no es ser poetas, sino declararnos poetas. La gran Wisława Szymborska observó que los poetas contemporáneos suelen reconocer su oficio con reticencia: prefieren llamarse escritores o presentarse mediante la otra profesión que ejercen. Puede haber modestia en ese gesto, pero también temor. Decirse poeta parece reclamar una condición desmesurada. Huidobro lo llevó al extremo: “El Poeta es un pequeño Dios”. Crea mundos, sí, pero sigue siendo pequeño: vulnerable, sensible, expuesto a que aquello que nace en su intimidad sea recibido con indiferencia o no encuentre a quien leerlo.
Tal vez por eso escondemos al poeta en nuestra cara B —habrá que explicarles la expresión a las nuevas generaciones—. Mostrarlo significa mostrarnos sin las defensas de nuestros otros oficios. Un texto profesional puede ser juzgado por su claridad o su rigor; un poema parece exponer algo más íntimo, algo que se confunde con quien lo escribió. Acaso esa sea la lucha eterna de los poetas.
Tus poemarios, entonces, no llegarán a ser literatura el día en que se publiquen. Si sus palabras abren ese otro mundo, ya lo son. Lo que todavía esperan es encontrarse con sus lectores y comenzar en ellos una vida que ni siquiera tú puedes prever.
Recuerdo el brevísimo relato “La uva y el vino”, de Eduardo Galeano. Un hombre de las viñas, antes de morir, revela un secreto: la uva está hecha de vino. Galeano piensa entonces que “quizá nosotros somos las palabras que cuentan lo que somos».
En ese sentido, querido Juan, ¿qué dicen de ti esos poemarios que todavía esperan a sus lectores?
J.V.:— Te he leído varias veces, Juan Pablo. No para entender lo que me escribes. No para situarme en el contexto de la pregunta que me haces. Por puro deleite de esa escritura profunda con la que podría terminar este Artículo articulado. Mis lectores habituales ya han entendido por qué te he invitado a escribir estas páginas. Gracias.
Esos poemarios que, en este momento, tengo aquí delante, algunos escritos a mano, otros escritos en aquellas máquinas de escribir que hoy se encuentran en los anticuarios, hablan de alguien lleno de sensibilidad y amor a la palabra. Dicen de mí que caminaba por las calles de Madrid con el alma en la piel, con los ojos abiertos a una realidad poética, con la nostalgia del pasado que aún no empezaba a llegar.
Ya entonces había leído a Luis Rosales y me había quedado prendido del ritmo y de la voz lenta y detallada de su Casa encendida (1949) como un representante puente de la generación del 27.
En muchas de mis clases he leído sus versos sin saber bien por qué y en general, esa lectura cambiaba el espacio y los alumnos empezaban a mirar de otra manera. Entonces, Juan, ¿por qué no sigues escribiendo?, ¿por qué no lees tu propia poesía aunque sientas vergüenza? Ponte un pseudónimo -sé que hoy suele escribirse sin la p: seudónimo, incluso la Real Academia de la Lengua lo recomienda, pero el aprendiz de poeta siempre lo prefirió con p - Atrévete, tienes tiempo en las horas de la madrugada, cuando todavía no has aprendido a dormir.
Te di las gracias antes y te las doy ahora, porque tengo aquí delante una de mis últimas colecciones de poemas y al empezar a leerla, el río vuelve a fluir por mis venas secretas. Me atrevo a compartir los primeros versos contigo:
He metido la cabeza entre las manos,
como si buscara una palabra perdida en la memoria,
como si buscara una llave perdida en la memoria,
como si necesitara poner en orden los recuerdos
y me ha dado vueltas una historia irreconocible,
lejana como una novela europea de postguerra,
distante a veces, perdida entre los árboles
¿Qué dicen de mí esos poemarios? Me preguntas. La respuesta que brota de mi garganta convertida en mano es que fui cobarde. Tal vez temí que la poesía me arrastrara a dejar las cosas prácticas, que me convirtiera en un alcohólico del verso y yo nunca creí en las adicciones y mi propósito era trascender de la clase social en la que nací, a pesar de la admiración que sentía y siento por ello.
Tal vez lo expliquen mejor los versos que escribí en la siguiente página de esa colección:
Y en este momento me he dado cuenta
del tiempo que he perdido.
Me he dado cuenta que te dejo marchar,
sin haber compartido tu dulzura,
sin haber sido tu amigo,
más que muy brevemente. Un apenas.
Y necesito como ninguna otra cosa,
necesito
decirte estas palabras,
decirte que lo siento.
que quisiera quitarme las corbatas que me ahogan,
retroceder en el libro de la vida varios párrafos,
para llevarme más horas de ti,
sonriendo serenamente siempre,
sonriendo.
Esta claro que den los otros, el líder debe realizar una travesía hacia su interior. El líder multiplicador que propongo tiene las características del liderazgo inteligente, donde la primera tarea es trabajar su propio mundo emocional. Daniel Goleman –referente mundial de la IE- habla de esto, y aunque no se refiere directamente a la política, su teoría abarca a todo ámbito de poder. Adhiero a su mirada y coincido con el autor; y creo en la necesidad de formación de las masas partiendo de edades tempranas, desde los primeros años de la cten para construir un paradigma superador al que actualmente transitamos.
Llegado el final de este espacio, quiero agradecerte enormemente la posibilidad de compartir contigo este artículo; es realmente un gran honor para mí. Ahora sí, estimado Juan, mi última pregunta: si adhieres al liderazgo multiplicador desde esta perspectiva -tú dirás si tienes una mirada diferente-, mi intriga latente es: ¿Cómo persuadir a los agentes de poder de la necesidad de asumir el compromiso y avanzar hacia una nueva política, generando liderazgos que construyan mejores sociedades?
JV - Para mí también ha sido muy grato Rosana, así es que el agradecimiento es mutuo. Ante tu pregunta empiezo por coincidir en la necesidad de avanzar hacia una nueva política que permita recuperar el sentido de la construcción colectiva, puedo tener diferencias en el camino.
Por eso, no sé si el verbo es persuadir, en la medida en la que supone una transformación de los actores políticos de un momento determinado o si la posibilidad pueda abrirse cambiando el mapa, es decir creando nuevos actores sociales, distintos a lo que hasta ahora hemos considerado los ejes del desarrollo de la política. Me corrijo para no dejarlo como una alternativa u otra. Creo que la opción es la segunda.
Hoy la disponibilidad de la información y los canales para influir han cambiado fundamentalmente. Por lo tanto, debiera ser otra la estructura de una arquitectura de lo político. Yo mismo cuando pienso en la política tengo que hacer el esfuerzo para no dejarme llevar por una forma de pensamiento que puede seguir teniendo un sesgo invisible.
A esto súmale la aparición de temáticas que en otros momentos no han tenido la misma relevancia. Ya hemos citado algunas en nuestra conversación: desde luego la disrupción tecnológica y la potencialidad de la IA, ya no solo como un canal sino como un agente, pero a eso podíamos sumar la longevidad, que conlleva la coexistencia de más generaciones que nunca y la brecha de observación del mundo entre esas generaciones.
Considerando la expectativa de inmediatez en una sociedad de mercado en el que las cosas son ahora y se usan y se tiran, las ideas también siguen un proceso parecido. Hoy es difícil hablar de planes y proyectos a largo plazo. Por ello, solo puedo imaginar que la sensibilidad para apreciar que vivir juntos es un proceso complejo nazca de la co-construcción en la que ninguna de las partes se ponga en la posición de ser cliente-consumidor. Vivir en carne propia, en mente y corazón propios la dificultad de la construcción y los requerimientos de acuerdos y concesiones que ello supone.
Es muy distinto lo que nos ocurre cuando miramos desde un rol determinado sin conocer los puntos de vista que tendríamos desde otro que cuando nos damos esa posibilidad ¿cómo ser gobernantes y gobernados, a la vez?, ¿cómo ser deudores y acreedores del mismo capital social?
Llevado a tu idea del liderazgo, puede suponer que como ciudadanos consideremos que requerimos una cuota de liderazgo dirigido a la construcción social, un liderazgo que no requerimos que nos otorguen, sino que debemos conquistar a partir de la conclusión interior de que somos parte de un todo incuestionable.
Y una vez más, ser parte de un todo, más allá de consideraciones espirituales y filosóficas, es algo que debería ser la base de un sistema educativo en el que el individuo y la colectividad no fuesen polos opuestos. Educación para ser ciudadanos activos del día y de la noche, colaboradores de esas mejores sociedades a las que te refieres en tu pregunta.
Hemos llegado entonces al final de este café imaginario. Mi última petición es: no te rindas. Mi última palabra: Gracias.
***
Rosana y Juan se preguntan si alguna vez estarán presencialmente uno frente al otro, si tendrán conversaciones en las que aparezcan las sonrisas, si eso ocurrirá en Buenos Aires, en Santiago, en Chubut o en un congreso sobre Política en alguna parte del planeta.
Es una conversación más optimista que hablar de lo que pasa en estos días en el mundo y muchísimo más que si hablan de quienes lo dirigen. Juan le pregunta sobre la experiencia de vivir en la Patagonia. Rosana sobre la experiencia de ser español en Chile.
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