Literatura y Vida
Coautores de este artículo: Juan Vera y Juan Pablo Belair
Juan Pablo y Juan no recuerdan con precisión cuándo y cómo se conocieron. No tienen muchos recuerdos que puedan referir de forma detallada y sin embargo ambos sienten que lo vivido fue profundamente significativo. Tal vez esa imprecisión forme parte de la esencialidad de la vida. No son precisas la belleza ni la esperanza. El futuro es impreciso. Incluso lo son las intenciones, porque nunca sabemos en qué concluirán.
Juan Pablo sitúa el encuentro entre 2003 y 2005. Juan, más cerca del 2005, porque fue ese año en el que se fue a vivir a la calle de Ricardo Lyon de Santiago y en ese departamento hubo un encuentro en el que recibió al grupo de estudiantes del Magister de Gestión Pública en el que Juan Pablo no participó, pero con el que tenía relaciones cercanas y por eso los acompañó en su visita.
Ahora bien, regresando al escenario impreciso encuentran muchas posibilidades para que el primer encuentro se produjera. Juan Pablo trabajó en ChileCalidad y Juan era un referente en todo el proceso de modernización del Estado de la época. En ChileCalidad estuvo Raúl Herrera con quien Juan tenía una relación de gran amistad. Pudo ser el INDAP de Ricardo Halabí a quien Juan acompañó como coach durante años. Pudo ser en BancoEstado. Y si no fue en esos lugares, aún es más valioso hoy reconocer caminos que ambos pudieron recorrer sin encontrarse.
Entonces pudieron no saberlo, pero a pesar de la diferencia de edad de más de 20 años, ambos vivieron por la misma época separaciones matrimoniales, es decir, momentos de dolor y muerte y de volver a nacer a la vida. Momentos en los que la sensibilidad está abierta para reconocer el sentido y la huella.
Hay un momento que Juan Pablo recuerda. Están presentes Jorge Bustos, Katherine Villarroel, Jessy Echeverría. Y él pone la canción de Pedro Aznar: "La sombra del agua", dedicada al poeta mexicano Jaime Sabines y a su poema "Los amorosos". Juan admira a Sabines y se reconoce en aquellos dolorosos versos: Los amorosos son los que abandonan/ son los que cambian, los que olvidan. / Su corazón le dice que nunca han de encontrar/ no encuentran, buscan. / Los amorosos andan como locos, / porque están solos, solos, solos, / entregándose, dándose a cada rato, / llorando porque no salvan al amor.
En un momento de la canción de Aznar: Amaneció sin porvenir/ El sueño, la palabra/ Siempre estarás para vivir/En la sombra del agua. Juan se conmovió y Juan Pablo se sintió aportador. No era la relación de mirar hacia arriba al profesional referente. Se abrían otros caminos que entonces no recorrieron.
Juan Pablo miraba a Juan como un padre con el deseo de llegar a ser un Juan. Juan reconoció en Juan Pablo al joven que hubiera querido ser, porque a la misma sensibilidad, a la misma atracción por la literatura, el arte y la poesía, unía la humildad, la sencillez y la simpatía para despertar afecto, sin necesidad de ampararse en una trayectoria.
La vida los separó y hace unas semanas Juan Pablo fue facilitador de un taller en la institución pública en donde trabaja Angélica, la pareja de Juan. Se reconocieron y surgió la posibilidad de una cena, de una conversación para volver a anudar, lo que no debió desanudarse. De inmediato Juan invitó a Juan Pablo a escribir juntos este artículo - articulado, que empieza con su pregunta.
Juan Vera (J.V.):— Querido Juan Pablo, quiero que hablemos de la literatura como parte de la vida, sea a través de los libros o de la narrativa del vivir. ¿En qué momento y por qué sentiste que la literatura tenía que ver con tu identidad y con tu vida?
Juan Pablo Belair (J.P.B.):— Querido Juan: En mi vida, la literatura no apareció primero como literatura, sino como escritura. Antes de sentirme lector tuve ganas de escribir, quizá al revés de lo que les ocurre a muchos escritores.
Mi primer recuerdo es una pequeña obra de teatro. Debo de haber tenido unos doce años. Qué rareza haber empezado por ahí. La obra hablaba de mi familia o, más precisamente, de lo pesimista que me parecía. Y era cierto: había alcohol, problemas económicos, abandono, violencia. De nada de eso se hablaba, por supuesto. Mi obra intentaba ponerlo en escena, hasta que de pronto aparecía el autor y se rebelaba contra sus propios personajes: los increpaba, les decía que eran todos unos amargados, que la vida había que afrontarla de otra manera. No había leído a Unamuno y hacía entrar al autor en su propia obra. Qué risa. No recuerdo cómo terminaba, pero ahora pienso que allí la escritura ya era para mí una manera de decir lo que en la vida cotidiana no podía decirse.
Mi segundo recuerdo literario es de los catorce años. Un profesor de Historia nos pidió que escogiéramos un hecho histórico, tomáramos una escena y la reescribiéramos. Era un ejercicio extraordinario. No recuerdo el acontecimiento, pero sí la escena: un hombre sería llevado a la guillotina esa mañana y yo relaté todo lo que pasaba por su cabeza durante el trayecto. El profesor me felicitó con gravedad. Me dijo que debía seguir escribiendo, que lo que había hecho era muy bueno. Tal vez fue la primera vez que alguien me devolvió la idea de que yo podía escribir, de que allí había una capacidad que valía la pena cultivar.
Ese verano reciclé un cuaderno. Por un lado, escribía letras de canciones; por el otro, poemas. En realidad, eran casi lo mismo. Quizá las canciones exigían un fraseo más regular. Yo ya tocaba guitarra y quería componer mis propios temas. Creo que entonces me di cuenta de que me gustaba decir cosas bellas, acariciar a otro con palabras. Primero fue un otro; después, una otra. Aunque no escribía necesariamente para alguien en particular, me ponía en situaciones, imaginaba emociones y experiencias. Conservo canciones escritas entre esa época y los veintiún años que hablan de vivencias muy profundas que yo todavía no había tenido. La escritura me permitía ensayar vidas antes de vivirlas.
Con el tiempo fui dejando esas canciones y esos poemas como quien deja atrás las cosas de la adolescencia. No fue una decisión consciente; simplemente no les di prioridad. La escritura permaneció allí, pero en un segundo plano, hasta que dos acontecimientos cambiaron mi relación con la vida y, por lo tanto, con la literatura.
A los veintiún años enfermé de cáncer. Durante la enfermedad no escribí, pero me conecté con una profundidad y unas ganas de realizar cosas que hasta entonces desconocía. Cuando me sané, quise hacerlas todas. Me volví dirigente estudiantil y la escritura regresó a través de discursos, textos políticos, revistas y proyectos colectivos. No sé si ahí había todavía una identidad literaria, pero sí había una voz, convicciones éticas y una confianza en la palabra como impulso para la acción. Escribir era intervenir en la realidad, convocar a otros, construir algo juntos.
El segundo acontecimiento fue mi separación. Entonces abrí un blog y comencé a escribir textos algo abstractos sobre todo lo que me pasaba. Al principio era una necesidad: poner afuera el dolor, tratar de entenderlo, embellecerlo. Poco a poco fui dándole una forma poética. Comencé también a devorar libros de poesía. Leí mucho y con una intensidad nueva. Admiraba a los poetas y empezaba a reconocerme en ellos. Yo era uno de ellos, o quería serlo. Me atraía esa figura melancólica, enamorada de la emoción y de su poder generativo. Los poemas de esa época no me gustan demasiado. Quizá su valor no estaba en su contribución a la literatura, sino en haberme atrevido a escribir desde las vísceras y darle a mi escritura, tal vez por primera vez, el espesor de la experiencia propia.
Sin embargo, todavía no terminaba de creerme el cuento, al menos ese cuento literario. Escribía y leía poesía como un detective salvaje, pero me costaba reconocerme como escritor. Fue mucho después, en Londres, cuando un gran amigo, un escritor de fuste, me ayudó a reconocer esa identidad. Y digo reconocer en un sentido casi literal: volver a conocer, como algo propio, aquello que había estado en mí desde siempre.
Una vez, como tantas otras, nos reunimos en un pub. Me dijo con mucha seriedad que yo debía tomar una decisión esencial: apostar por la literatura. Según él, tanto mis textos poéticos como mis relatos producían algo en el lector, no lo dejaban indiferente. Y eso, me dijo, es una responsabilidad, pero también una delicia para quien escribe.
¿Y por qué será así? —le pregunté con ingenuidad.
Porque tu vida es literatura. Hay una coherencia entre lo que crees, lo que piensas, lo que dices y lo que escribes.
Por eso creo que sentí la literatura como parte de mi identidad muy tardíamente. La escritura, en cambio, había estado conmigo desde el principio. La literatura llegó después, cuando comprendí que todos esos impulsos de escritura pertenecían a una misma historia y provenían de un mismo lugar, de una misma forma de estar en el mundo. No fue una vocación repentina ni una revelación juvenil. Fue un reconocimiento lento. Tal vez por eso mi relación con ella se parece menos a un enamoramiento y mucho más a un amor maduro.
Juan, si la literatura ha sido siempre consustancial a tu vida y tu escritura ha encontrado distintos caminos publicando relatos, tu libro de coaching y liderazgo y numerosos textos que semana a semana recibimos con entusiasmo y asombro ¿qué reconociste en mí de ese joven que tú dices que habrías querido ser? ¿Hay una forma de escritor que soñaste ser y que sientes que todavía está pendiente?
J.V.:— Querido Juan Pablo, antes de responderte quiero confirmarte que la literatura ha sido siempre consustancial a mi vida. El día que empecé a leer me sentí con poder. Ya era otro, ya no era el niño al que le contaban cuentos, los podía leer yo y en mi cabeza convertirse en cuentos distintos y al contarlos inventar un final diferente. Ese es para mí un momento inolvidable.
Quiero decirte, también, que para mí literatura, escritura y lectura han vivido juntas, como una forma de vida interior. Venero la palabra cuando escribo y cuando leo. Sé que no todo lo que se escribe es literatura, aunque, en realidad, hasta en las expresiones más administrativas o coloquiales de mi escritura, he tenido la sensación de que podían ser dichas por un personaje que habitaba en mí, viviendo una vida paralela en la que un episodio inesperado podría introducir el misterio o el salto a un escenario distinto.
Y te cuento esto, porque algo tiene que ver con el joven Juan Pablo Belair que conocí. ¿Qué es lo que reconocí en ti? Alguien que hablaba de poesía, de libros o de personajes novelescos de una forma abierta, con naturalidad, incluso con un cierto orgullo. En ese momento yo también lo hacía, pero en mi adolescencia y mi juventud traté de que sólo fuera conocido en mis círculos más íntimos. Pertenecían a mi interior. Algunas veces, cuando era descubierto por otros y mostraban sorpresa, yo hablaba de la cara B de Juan.
Reconocí, por lo tanto, valentía. No es que me hubiera gustado tener tus aficiones o tus gustos. No es que envidiara ser lector o escribir. En todo eso podía reconocerme, y eran la base de una conexión espontánea, como la tenía con otras personas de mi entorno. Ya antes de venir a Chile formé parte del Club de Escritores independientes en Madrid y en el 2003, nueve años después de llegar a este país en el que nos conocimos, formé parte del taller literario de Marco Antonio de la Parra en el que estaban algunas personas más jóvenes que yo.
La valentía, el desparpajo, el orgullo o como quieras llamarlo. Eso fue lo que me llevó a pensar: "así tenía que haber sido". Sin el freno a declarar lo que me gustaba, sin el temor a que eso pudiera quitarle valor al rigor de mi trabajo en otras instancias. El miedo a que alguien pensara que quien veneraba a la generación poética del 27 español y a Rabindranath Tagore, Juan Ramón Jiménez o las novelas de Gonzalo Torrente Ballester, Miguel Delibes, Juan Marsé y Carmen Martín Gaite no podía escribir los domingos en el diario El País en las páginas del suplemento de las escuelas de negocios sobre el liderazgo organizacional del siglo XXI, que aún no llegaba.
Prejuicios, que en algún momento me expliqué, diciéndome que me había hecho adulto de golpe, que el niño que aprendió a leer dejó los tebeos para leer la Ilíada a los 7 años, sin apenas tiempo de darse cuenta de que seguía en la infancia.
Me preguntas, también, si hay una forma de escritor que soñé ser y que aún siento pendiente. Creo que sí, que los poemarios que escribí fueron solo el comienzo de un mundo interior que sigue esperando su momento. Un momento que llegará, estoy seguro.
Y dicho esto, quiero preguntarle al magíster en Literatura en el que te convertiste años después de conocernos ¿Podemos decir que es literatura una obra que no haya tenido lectores?, ¿a qué podemos llamar literatura, en propiedad?
J.P.B.:— Querido Juan, entiendo ahora que reconociste en mí el desparpajo para mostrar mis intereses literarios. Desparpajo, gran palabra, que en esos años me trajo más de un problema, pero esa es otra historia. Creo que lo mío era una mezcla de inconsciencia y orgullo por haber descubierto esa pasión. Quizá también cierta temeridad, porque el desparpajo inconsciente puede ser peligroso.
Tú, en cambio, habías protegido al poeta como una cara B, quizá por temor a que le restara credibilidad al profesional. Tal vez sea ese uno de nuestros prejuicios más persistentes: creer que la poesía debilita el rigor. Cuántas veces hemos escuchado a encumbrados líderes decir: “Esto es lo importante; lo demás es poesía”. Y, sin embargo, la sensibilidad poética muchas veces vuelve más hondo el alcance de la palabra. Una vez escribí en Contradicción: “Y resulta que me encontré con la sensibilidad alojada en lo profundo”. Creo que, como poeta y coach, eres la mixtura perfecta: “un embutido de ángel y bestia”, diría Parra.
Ahora me devuelves una pregunta difícil, de esas ante las cuales el magíster sirve principalmente para saber que cualquier definición será insuficiente. No todo lo escrito es literatura, pero tampoco creo que esta dependa de una publicación, de una moda, de la crítica ni de la cantidad de lectores. Yo diría que comienza cuando el lenguaje deja de ser solamente un vehículo para informar y adquiere espesor propio; cuando las palabras crean una experiencia, abren un mundo y dejan en quien las recibe algo que no puede reducirse a un mensaje.
¿Puede ser literatura una obra que no haya tenido lectores? Creo que sí, aunque con una salvedad: existe como obra, pero permanece a la espera, en potencia. Octavio Paz escribe en El arco y la lira que el poema es una posibilidad que “sólo se anima al contacto de un lector o de un oyente”. Sartre usa otra hermosa imagen: el objeto literario es “un trompo extraño que no existe sino en movimiento”. La escritura construye el trompo, pero la lectura lo hace girar. El texto está allí antes de ese encuentro, pero la experiencia literaria sucede cuando alguien lo lee, lo recrea, lo cambia y lo aumenta dentro de sí. La publicación no convierte un texto en literatura; el lector permite que la literatura acontezca.
Floridor Pérez me dijo una vez que quien lee poesía siempre es poeta y que los poetas siempre escriben, aunque les cueste mostrar sus obras o ya nadie los publique. Quizá por eso no exista una obra completamente desprovista de lectores. Quien escribe también se lee, se escucha, corrige, se sorprende o se desconoce en sus propias palabras. El autor es el primer lector de aquello que ha escrito; después vendrán otros, quizá muchos años más tarde. Hay obras que son de guarda.
Quizá lo que nos cuesta no es ser poetas, sino declararnos poetas. La gran Wisława Szymborska observó que los poetas contemporáneos suelen reconocer su oficio con reticencia: prefieren llamarse escritores o presentarse mediante la otra profesión que ejercen. Puede haber modestia en ese gesto, pero también temor. Decirse poeta parece reclamar una condición desmesurada. Huidobro lo llevó al extremo: “El Poeta es un pequeño Dios”. Crea mundos, sí, pero sigue siendo pequeño: vulnerable, sensible, expuesto a que aquello que nace en su intimidad sea recibido con indiferencia o no encuentre a quien leerlo.
Tal vez por eso escondemos al poeta en nuestra cara B —habrá que explicarles la expresión a las nuevas generaciones—. Mostrarlo significa mostrarnos sin las defensas de nuestros otros oficios. Un texto profesional puede ser juzgado por su claridad o su rigor; un poema parece exponer algo más íntimo, algo que se confunde con quien lo escribió. Acaso esa sea la lucha eterna de los poetas.
Tus poemarios, entonces, no llegarán a ser literatura el día en que se publiquen. Si sus palabras abren ese otro mundo, ya lo son. Lo que todavía esperan es encontrarse con sus lectores y comenzar en ellos una vida que ni siquiera tú puedes prever.
Recuerdo el brevísimo relato “La uva y el vino”, de Eduardo Galeano. Un hombre de las viñas, antes de morir, revela un secreto: la uva está hecha de vino. Galeano piensa entonces que “quizá nosotros somos las palabras que cuentan lo que somos».
En ese sentido, querido Juan, ¿qué dicen de ti esos poemarios que todavía esperan a sus lectores?
J.V.:— Te he leído varias veces, Juan Pablo. No para entender lo que me escribes. No para situarme en el contexto de la pregunta que me haces. Por puro deleite de esa escritura profunda con la que podría terminar este Artículo articulado. Mis lectores habituales ya han entendido por qué te he invitado a escribir estas páginas. Gracias.
Esos poemarios que, en este momento, tengo aquí delante, algunos escritos a mano, otros escritos en aquellas máquinas de escribir que hoy se encuentran en los anticuarios, hablan de alguien lleno de sensibilidad y amor a la palabra. Dicen de mí que caminaba por las calles de Madrid con el alma en la piel, con los ojos abiertos a una realidad poética, con la nostalgia del pasado que aún no empezaba a llegar.
Ya entonces había leído a Luis Rosales y me había quedado prendido del ritmo y de la voz lenta y detallada de su Casa encendida (1949) como un representante puente de la generación del 27.
En muchas de mis clases he leído sus versos sin saber bien por qué y en general, esa lectura cambiaba el espacio y los alumnos empezaban a mirar de otra manera. Entonces, Juan, ¿por qué no sigues escribiendo?, ¿por qué no lees tu propia poesía aunque sientas vergüenza? Ponte un pseudónimo -sé que hoy suele escribirse sin la p: seudónimo, incluso la Real Academia de la Lengua lo recomienda, pero el aprendiz de poeta siempre lo prefirió con p - Atrévete, tienes tiempo en las horas de la madrugada, cuando todavía no has aprendido a dormir.
Te di las gracias antes y te las doy ahora, porque tengo aquí delante una de mis últimas colecciones de poemas y al empezar a leerla, el río vuelve a fluir por mis venas secretas. Me atrevo a compartir los primeros versos contigo:
He metido la cabeza entre las manos,
como si buscara una palabra perdida en la memoria,
como si buscara una llave perdida en la memoria,
como si necesitara poner en orden los recuerdos
y me ha dado vueltas una historia irreconocible,
lejana como una novela europea de postguerra,
distante a veces, perdida entre los árboles
¿Qué dicen de mí esos poemarios? Me preguntas. La respuesta que brota de mi garganta convertida en mano es que fui cobarde. Tal vez temí que la poesía me arrastrara a dejar las cosas prácticas, que me convirtiera en un alcohólico del verso y yo nunca creí en las adicciones y mi propósito era trascender de la clase social en la que nací, a pesar de la admiración que sentía y siento por ello.
Tal vez lo expliquen mejor los versos que escribí en la siguiente página de esa colección:
Y en este momento me he dado cuenta
del tiempo que he perdido.
Me he dado cuenta que te dejo marchar,
sin haber compartido tu dulzura,
sin haber sido tu amigo,
más que muy brevemente. Un apenas.
Y necesito como ninguna otra cosa,
necesito
decirte estas palabras,
decirte que lo siento.
que quisiera quitarme las corbatas que me ahogan,
retroceder en el libro de la vida varios párrafos,
para llevarme más horas de ti,
sonriendo serenamente siempre,
sonriendo.
Desde esta emoción termino esta respuesta para volver a preguntarte y pedirte que me hables de tu viaje literario: ¿qué escribiste, qué escribes, qué proyectos tienes? Hablemos del futuro.
J.P.B.:— No sé si fue mi pregunta o la confianza de esta conversación, pero algo mágico sucedió. Abriste tus cuadernos y mostraste tus poemas. De pronto, no hubo cara B ni hizo falta pseudónimo. En ese gesto te percibo más allá del cuerpo, en una desnudez metafísica, acaso el alma.
Me gusta pensar que no somos un cuerpo que tiene alma, sino un alma que encarna y vive la experiencia humana. No en vano "alma" viene del latín anĭma, palabra que alude al aliento, la respiración y el principio vital, y comparte su origen con "animal". Somos animales animados por el aliento. En "La primera oscuridad", Óscar Hahn pregunta "¿Qué sabemos del infinito / que precede a la vida?". ¿Son acaso los poemas portales a la infinitud humana?
De nuestras antiguas conversaciones recuerdo un gusto compartido por Ángel González. ¿Te acuerdas de "Artritis metafísica"? Allí confiesa "me rompí el alma en más de una ocasión". Siento cómo ese dolor otoñal retorna en tus versos: las corbatas que ahogan, el tiempo perdido, el deseo de retroceder en el libro de la vida. Sin embargo, abriste los cuadernos y, con ellos, las compuertas para que fluya el torrente de ese río secreto, el ánima de Juan.
Me preguntas qué escribo. De todo un poco. Una novelita cursi, textos inclasificables y, sobre todo, relatos. Tal vez continúe en ellos la sensibilidad de mis poemas adolescentes, buscando otras formas. Intento llevar mis observaciones éticas hacia lo estético. Quizá no sea un flujo, sino una transformación. La ética se vuelve estética cuando deja de explicarse y se materializa en una escena, un personaje, una voz, un silencio.
Me he enamorado de los textos cebolla, pero no me malinterpretes. Me refiero a los elaborados en varias capas. Quiero historias que hablen más allá de la historia que cuentan. Allí entran a tallar política, ética y diversidad, en un sincretismo literario. No quiero que el relato predique lo que pienso, sino que lo vuelva visible, debatible, humano, que interpele.
Escribo para materializar el alma. Y, como diría Lihn en "Porque escribí", acaso mi escritura sea "maleza / de flores ácimas pero flores en fin, / el pan de cada día de las tierras eriazas". Me importan el qué, el porqué y el sentido más allá de la entretención o el efecto. No renuncio al placer de narrar, pero quisiera que mis letras fuesen puertas y no lugares de llegada.
Tu "nostalgia del pasado que aún no empezaba a llegar" me recuerda a Jorge Teillier y su "nostalgia del futuro", la de "lo que no nos ha pasado, pero debiera pasarnos". No se añora solo lo vivido, sino aquello que pudo ser y todavía reclama suceder. Tú dices "Hablemos del futuro". Hablemos. Que tus poemas y mis relatos no sean solo lo que fuimos, sino que busquen —ánima mediante— aquello que podemos llegar a ser.
Y tú, Juan, ahora que el río fluye, ¿qué futuro imaginas para el poeta que eres?
JV - Me imagino una resurrección, el despertar de una mañana sin nada escrito en mi memoria. Tal vez solo, entre un paréntesis en el vacío, aquel verso de Ángel González, al que tan oportunamente te has referido, "Para vivir un año es necesario morirse muchas veces, mucho".
Y citado Ángel González - ahora por mí - vuelvo a aquellas conversaciones en las que escuchaba encantado que un joven chileno admirase al poeta asturiano, cuyo poema "Me basta así" era en ese momento la declaración de amor que hubiese querido haber escrito yo. Recítaselo a Andrea mirándola a los ojos, comprobarás que el poeta llevaba razón cuando dijo: "Eso es para mí la poesía: la palabra exacta y, por supuesto, la palabra más sugerente, la que te abre el mundo, la que lo cambia".
El tiempo me enseñó que el cambio del mundo pasaba por mi propio cambio y para ello la poesía también era un instrumento. Otro poeta admirado, Gabriel Celaya, lo expresó claramente "la poesía es un arma cargada de futuro". Con él la poesía y la política encontraron una habitación común en mi vida.
Recordar todo esto me parece necesario para responderte. He dicho muchas veces que el día que dejara de trabajar me iría a vivir a un bosque cercano al mar y volvería a escribir, que sería un escritor poético disciplinado, como García Márquez que se levantaba a una hora temprana y escribía hasta el almuerzo cinco días a la semana. Claro que la fecha se ha ido retrasando, iba a ser a los 60, luego a los 65, luego a los 70 y hoy, aún el síndrome de longevidad sigue empujando la fecha hacia más adelante.
Esta conversación está dando voz a un profundo reclamo interior del poeta postergado, que me muestra la inconsistencia de seguir aplazándolo ¿Acaso la poesía no sirve para hacer la revolución?, ¿acaso no es el mejor camino para que las personas se encuentren a sí mismas? "Somos distintos después de haber leído un buen poema". Otra vez la voz de Ángel González.
¿Acaso no es un signo profundo de mi identidad en el mundo?, ¿será para esto para lo que Juan Pablo Belair fue a hacer ese taller, para volver la cabeza hacia Angélica y saludarla por su nombre, como diciéndole "sé quién eres"?
Tengo un cuaderno en blanco sobre mi mesa y, sin embargo, no lo siento vacío. Su tapa tiene el color verde suave de la esperanza, un territorio que me gusta habitar, lo percibo como una invitación a descubrir lo que no tiene nombre aún, a acercarme a lo impensado. Tengo un cuaderno y dos manos. También me queda la palabra. Ahora es la voz del vasco Blas de Otero, otro de mis poetas admirados quien resuena en la voz de Paco Ibáñez
Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
Vuelvo al comienzo de mi respuesta y cambio "Me imagino una resurrección" por "Volverá a nacer".
Solo me queda, Juan Pablo, agradecer que aceptaras mi invitación y que lo hicieras, de nuevo, con tanta valentía, con tanto "desparpajo", cumpliendo una misión que ambos desconocíamos. Gracias.
***
Juan Pablo y Juan están sentados en el café Metissage de la calle Vitacura, en Santiago. Siguen hablando sin dejar de coincidir. Juan le acerca el cuaderno de páginas en blanco y tapas verdes. Sonríen y piden otro café. ¿Se atreverán a escribir algo juntos?, ¿cuál sería la primera palabra en nacer?
Guardan silencio. Ambos saben que los silencios están llenos de poesía. De la poesía que no necesita ser expresada, de la poesía sentida.
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