El nuevo orden basado en el desorden

Artículos Articulados

Juan Vera y Juan Carlos Oróstica  - Artículo articulado - El nuevo orden basado en el desorden

Coautores de este artículo: Juan Vera y Juan Carlos Oróstica

 

Juan y Juan Carlos se conocen desde mayo del 2021 cuando Juan Carlos se inscribió como participante en el Programa Coaching para transformar el poder y la política, que ese año Juan Vera realizaba dentro del portafolio de Newfield Network, en modalidad on-line. Eran tiempos de pandemia. Juan recuerda que Juan Carlos era un participante activo, propenso a la pregunta y a participar en los debates.

Juan Carlos se interesó especialmente en la metodología 3xi y Juan le contactó con Camilo Herrera para que vieran la forma en que podría participar. Así formó parte del grupo motor para el diálogo en torno a la Asamblea Constituyente que se votó en Chile.

Finalizado el curso solo quedó la relación en el chat del programa y en algunos saludos en redes sociales. Y así, pasaron 4 años, hasta que en mayo del 2025 Juan Carlos tomó contacto con Juan para informarle que se estaba certificando en la metodología de gestión de conflictos desarrollada por Amir Kfir y Stephen Hecht, The Nonflict™ Way, una de las que Juan incluía en su programa "La habilidad de Articular".

Juan Carlos, gentilmente, se ofreció para explicar en vivo a los alumnos del programa, su experiencia en el uso de la metodología. Y así volvieron a tener una experiencia común.

Desde esa fecha han seguido en contacto compartiendo artículos e informaciones sobre el ámbito político, que tanto interesa a ambos. Juan Carlos publica con frecuencia en ClickNews a ese respecto.

Y han seguido apareciendo temas de interés común como el impacto de la IA en el pensamiento humano y en las formas de ejercer el poder, o el momento actual de lo que algunos llaman un nuevo orden mundial.

Por eso Juan ha invitado a Juan Carlos para escribir juntos un Artículo articulado con el título de “El nuevo orden basado en el desorden”. Como siempre Juan lanza la primera pregunta:

Juan Vera (J.V.):— Gracias, Juan Carlos, por aceptar mi invitación. Entro de inmediato a preguntarte si consideras que estamos viviendo un momento nunca antes visto en la forma en que se ejerce el poder en el mundo. ¿Estamos ante un nuevo orden mundial?

Juan Carlos Oróstica (J.O.):— Juan, qué gusto retomar esta conversación contigo después de estos años desde que nos conocimos en aquel programa de coaching en plena pandemia. Tu pregunta me llega en un momento donde, como bien dices, el tablero se está moviendo y nada se siente del todo firme.

Más que un "nuevo orden" ya establecido, mi sensación es que habitamos una transición profunda y algo inestable, de esas que se sienten raras porque lo que conocíamos ya no alcanza para explicar lo que viene. Antes, el poder era más fácil de identificar: estaba en los Estados o en grandes bloques políticos; hoy, sin embargo, se ha vuelto algo mucho más difuso y distribuido, donde la tecnología, las plataformas y la circulación de información tienen un peso que antes simplemente no existía.

Lo que más me resuena de nuestra mirada compartida es que, aunque las estructuras cambien, las decisiones las siguen tomando las personas. Por eso, creo que el gran reto de nuestra época no es solo entender quién tiene el mando, sino si seremos capaces de ejercer ese poder con una conciencia mayor que en el pasado. 

En estos tiempos de incertidumbre, los liderazgos se ponen a prueba y aparecen tensiones que nos obligan a replantearnos todo.

 
 

Pero déjame devolverte la pregunta con algo que me da vueltas. Si el poder ya no responde solo a la lógica democrática tradicional y está tan influido por actores tecnológicos y corporaciones que no siempre rinden cuentas, ¿cómo crees que las sociedades pueden generar nuevas formas de gobernanza? Al final del día, ¿cómo recuperamos ese sentido, esa legitimidad y, sobre todo, esa humanidad en la forma de ejercer el poder?

J.V.:— Como te puedes imaginar no es fácil responder tu pregunta porque habría que hacerse otras preguntas sobre ella misma: ¿Por qué el poder no corresponde a la lógica democrática?, ¿por qué está capturado por los grandes actores tecnológicos y las grandes corporaciones?, ¿Que hemos hecho o no hemos hecho para que esto suceda?

Por otra parte, cuando tú te preguntas cómo recuperamos esa legitimidad, sería conveniente reflexionar sobre el propio concepto de legitimidad. Y la primera observación que me hago es que lo legítimo varía en el tiempo. Lo legítimo para una cultura puede no serlo para otra. La legitimidad varía con la conciencia moral, por eso históricamente se han ilegitimado prácticas aceptadas en tiempos anteriores y podría ser que las que tenemos hoy sean ilegítimas en el futuro.

Las formas de gobernanza de ese futuro dependerán más de lo que las sociedades vayan considerando legítimo, que de lo que corresponda a la legalidad presente que, por cierto, viene del pasado. Estamos asistiendo a una vulneración de la legalidad vigente, es el caso del derecho internacional, porque de alguna forma se ha ilegitimado el estatus quo, aunque tenga un respaldo legal que las instituciones no son capaces de defender.

Max Weber decía que el poder necesita legitimidad para sostenerse en el tiempo. Lo que, a mi juicio, está pasando es que una parte creciente de la sociedad, especialmente las nuevas generaciones y los más desfavorecidos, ha dejado de legitimar a gobiernos y a formas de gobierno que no han satisfecho sus aspiraciones ni han cumplido sus promesas. Eso ha abierto la puerta a los populismos que, aprovechando esa deslegitimación, se apropian del poder.

Tal vez se requiera que también ellos fracasen, que se produzca una mayor distancia entre ese supuesto nuevo orden y la legitimidad actual para que aparezca la desobediencia civil y el llamado a una reforma profunda que rompa la brecha existente entre la promesa de eficacia inmediata del populismo y la lentitud democrática para dar respuestas. ¿Qué añadirías tú a lo que estoy diciendo?, ¿imaginas otros escenarios?

J.O.:— Juan, leyéndote me queda la sensación de que, en el fondo, estamos hablando menos de estructuras de poder y más de relaciones de confianza.

Porque cuando Weber hablaba de legitimidad, en realidad estaba describiendo algo muy humano: el momento en que una comunidad decide, consciente o inconscientemente, reconocer autoridad en otro. Y eso no se decreta. Se construye, se erosiona y se vuelve a construir.

Coincido contigo en que las sociedades parecen estar transitando por una fase de deslegitimación amplia. No solo de gobiernos, sino también de instituciones, expertos, medios e incluso de las propias narrativas que organizaban la vida pública. Y cuando ese tejido se debilita, lo que aparece no es inmediatamente un nuevo orden, sino algo más incierto: un tiempo de experimentos políticos, de ensayo y error.

En ese sentido, el populismo podría ser leído menos como la causa del problema y más como un síntoma de esa búsqueda. Es una respuesta emocional a una sensación muy extendida de abandono o de promesas incumplidas. Pero como señalas, si esa respuesta tampoco logra cumplir lo que promete, la frustración puede profundizarse.

Ahí es donde imagino algunos escenarios posibles.

Uno de ellos es un repliegue autoritario, donde frente al caos o la incertidumbre muchas sociedades opten por concentrar poder en estructuras más duras que prometen orden y eficacia. La historia nos muestra que ese camino siempre está disponible cuando la legitimidad democrática se erosiona demasiado.

Pero también podría emerger algo distinto: formas de gobernanza más distribuidas, donde el poder no se concentre exclusivamente en los Estados nacionales ni en grandes corporaciones, sino que se articule en múltiples niveles. Ciudades, comunidades locales, redes transnacionales de ciudadanos, incluso cooperaciones público-tecnológicas más transparentes. Algo así como un ecosistema de gobernanza más policéntrico.

Las tecnologías que hoy parecen concentrar poder también podrían, paradójicamente, abrir espacios para nuevas formas de deliberación y participación, siempre que las sociedades logren apropiarse de ellas y no limitarse solo a consumirlas. 

Sobre todo, me queda una inquietud: si la legitimidad cambia con el tiempo y las sociedades terminan redefiniendo qué consideran “justo o aceptable”, ¿dónde crees que hoy se está gestando esa nueva legitimidad?

Y respecto a eso, ¿piensas que las instituciones actuales aún tienen capacidad de renovarse desde dentro, o que las nuevas formas de gobernanza van a surgir más bien fuera de ellas?

J.V.:— Interesantes preguntas, Juan Carlos. Lo que tengo claro es que hoy la legitimidad está relacionada con la capacidad de garantizar seguridad. El ejemplo es el de Nayib Bukele, alguien a quien podríamos considerar altamente reprobable, desde una perspectiva democrática y de respeto a los derechos humanos, pero que, sin embargo, ha logrado que los ciudadanos de su país se sientan seguros y que en los rankings de América aparezca como el presidente más admirado. 

El desafío que enfrenta hoy el progresismo democrático es cómo equilibrar, con resultados (no solo con teorías), el dilema entre orden y seguridad y el respeto a los derechos humanos, sin caer en la ingenuidad. Porque es fácil invocar esos derechos sin tener en cuenta que hay madres que no pueden dejar salir a sus hijos en amplias zonas de una población; mujeres con miedo a que el semáforo se ponga en rojo y tengan que detenerse en la noche; jóvenes con hambre y sin empleo que, al lado, encuentran un narcotráfico que les ofrece ingresos que la sociedad no les otorga; y comerciantes extorsionados para poder mantener sus negocios abiertos. Cuando la violencia se normaliza y sustituye al estado los discursos simplificadores, moralistas o desconocedores de la gravedad de los problemas, hacen daño al propio progresismo y legitiman a los gobiernos populistas.

No soy un experto en seguridad, pero como ciudadano consciente puedo imaginar que si no queremos que se debilite el estado de derecho es necesario tomar medidas urgentes que no sean las de una criminalización genérica. Eso supone identificar zonas de alto riesgo en las que se concentren recursos focalizados, supone invertir en inteligencia policial y tener una alta vinculación con las comunidades para vivir la experiencia en el terreno.

Implica una justicia más ágil en la que se prioricen los delitos violentos y se dé una alta protección a los testigos. Si esto no ocurre la sociedad estará dispuesta a ceder libertades por seguridad en la calle. Por eso la respuesta no puede venir de la gestión del miedo, porque ese es el mejor instrumento del populismo.

Tu segunda pregunta es aún más difícil. Mi aproximación actual es que la recuperación de la legitimidad democrática vendrá de nuevos actores políticos que, más que ocupar el poder de forma pendular, inviten a una visión conjunta de futuro; que, más que pensar en la representación a través de partidos, crean en las posibilidades de una sociocracia. Y coincido contigo en que la tecnología, que puede encadenarnos, también puede ser una plataforma de liberación y de coordinación incluyente.

Juan Vera y Juan Carlos Oróstica  - Artículo articulado - El nuevo orden basado en el desorden
 
 

Mi última pregunta para ti es: ¿ves indicios de esa respuesta que viene de fuera del poder estatuido? ¿Dónde?

J.O.:— Mira Juan, en el fondo la pregunta no es solo “dónde están las respuestas”, sino desde qué lugar están apareciendo.

Y si uno observa con calma, sí, hay señales… pero no están donde siempre miramos. No están en los partidos ni en las estructuras tradicionales. Están emergiendo en espacios más mezclados, donde se cruzan comunidad, tecnología y propósito.

Lo que está apareciendo no es un nuevo actor político clásico, sino nuevas formas de organizarse.

Por ejemplo, en los territorios donde la gente se organiza antes de que llegue el Estado. No desde una ideología, sino desde la urgencia: seguridad, cuidado, economía. Ahí hay algo bien potente, porque la legitimidad nace de la experiencia, no del discurso.

También pasa en lo digital. Ya no es solo gente opinando, sino coordinando acciones reales. Comunidades que, aunque todavía fragmentadas, muestran algo clave: de a poco estamos pasando de la representación a la participación directa.

Y junto con eso, están apareciendo liderazgos distintos. No los típicos que buscan protagonismo, sino personas que conectan, que facilitan, que sostienen conversaciones difíciles. Más que líderes visibles, son como nodos que articulan.

Si lo miras más profundo, hay un cambio en cómo entendemos el poder. Antes era control, después deliberación… y ahora empieza a verse como la capacidad de coordinar para el bienestar común.

El problema es que todo esto todavía no logra sostenerse ni escalar. Falta estructura, falta relato, y sobre todo resultados concretos, especialmente en algo tan sensible como la seguridad.

Y ahí está el punto: hoy la legitimidad pasa mucho por la sensación de seguridad, como tú mismo planteaste en tu respuesta.

Entonces, el desafío es lograr algo bien complejo pero clave: conectar seguridad real, respeto a los derechos y una idea de futuro posible para quienes hoy están quedando fuera.

Si eso no se logra, el espacio lo seguirá ocupando el populismo, porque ofrece algo simple pero muy potente: claridad emocional inmediata.

Por eso, la pregunta de fondo no es si estas nuevas formas existen. La pregunta es: ¿Cuándo y cómo, van a volverse imposibles de ignorar?   

J.V.:— Gracias, Juan Carlos. Voy a entender que esta pregunta de fondo me la diriges a mí y que no es simplemente retórica. Te agradezco que me consideres capaz de responderla. Tú bien sabes que es casi imposible, pero no lo es intentar alguna especulación con sentido.

Empezaré por subrayar algunas de las ideas que planteas. Estoy totalmente de acuerdo con que están apareciendo nuevas formas de organizarse, pero desde el momento en el que se consigue, el resultado de esa nueva forma es ya un “actor político”, que al intervenir en el sistema lo modifica. Contemos con ellos.

En segundo lugar, precisaría, desde mi punto de vista, que la mera coordinación digital, aunque puede lograr avances concretos, no genera vínculos, como ocurre en la mayoría de las redes sociales. Y aclaro: no quiero decir que no se puedan construir vínculos a través de lo digital, sino que es necesario diseñar espacios en los que también quepan las emociones y los sentimientos.

Por último, no puedo estar más de acuerdo en que la articulación es una de las habilidades centrales del liderazgo en este escenario convulso y complejo. Ese fue el motivo para diseñar el programa del curso La habilidad de articular, que tanto interés ha despertado.

Todo eso sucede, pero junto a ellos y los demás indicios que señalas y que sustentan una legítima esperanza, hay también evidencias estadísticas de que la brecha intergeneracional es la más amplia de todas las polarizaciones existentes y que, al menos en Chile, en las encuestas realizadas a la generación de los centenials, encontramos que la creencia de que el valor del individualismo es superior al de lo colectivo alcanza tasas superiores al 70%. No cabe duda de que ese cambio no es achacable a la juventud, sino a la incapacidad de la democracia y a los sistemas educativos desde la familia a la universidad que han fomentado la competencia sobre la colaboración.

Por lo tanto, frente a tu pregunta de cuándo y cómo serán imposibles de ignorar los signos de esperanza, lamentablemente pienso que será cuando toquemos fondo, cuando ese populismo al que te refieres muestre que sus promesas también son incumplibles y que es necesario replantear nuestro modo de vivir en sociedad. El fracaso llamará, sin duda, a un nivel de conciencia diferente. De hecho, podemos considerar que vivimos un momento de involución y que sería lógico recuperar una posición más avanzada en la espiral de humanización.

Y sólo me queda darte las gracias, Juan Carlos, por haber aceptado este desafío de un diálogo por escrito.

***

Juan Carlos y Juan salen de este café conversado e imaginario, enredados en una conversación de múltiples aristas: lo político, lo social, lo tecnológico, lo generacional, las emociones, el espíritu. Una madeja de variables, de luces y sombras, de sociocracias y tiranías ideológicas, de virtudes y vicios.

El punto de vista común es que ambos siguen creyendo que nada es imposible y que, como dijo Juan Carlos, el camino debe dejar a un lado la curva de la representatividad para tomar la recta de la acción directa.

 
 

Camino Estratégico

Un acompañamiento para dar el siguiente paso.

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