Apología del mal gusto
Siempre he creído que la belleza eleva la mirada del que mira. Podemos contemplar una obra de arte y sentir el misterioso influjo de respuestas desconocidas que nos conectan con un mundo del que quisiésemos ser parte. Pertenecer a ese instante nos saca de la soledad, aunque estemos solos y en silencio. Hay algo de sagrado en la belleza.
El lector se preguntará qué tiene que ver esto con el título de estas líneas, que terminarán siendo una columna, un breve artículo o simplemente un momento personal para hablar conmigo mismo.
Son producto de la melancolía. Sí, producto de la sensación de que la belleza, la elegancia y la estética están siendo postergadas por el culto a lo kitsch, ese término alemán que se refiere a una imitación barata de lo estético, un sucedáneo fácil, jamón de pavo en detrimento del jamón ibérico, "meninas" haciendo pesas en un gimnasio con la foto de Netanyahu con un clavel rosado en la solapa en el muro frente a las máquinas de ejercicios.
Lo Kitsch arrebata símbolos de la belleza clásica, sea en la pintura o en la política y los exagera, los simplifica, les quita su sentido. Lo Kitsch no interpela al pensamiento, lo suyo es la sensación inmediata. Lo profundo es para intelectuales decadentes, piensa lo kitsch en su esquemática mirada. Prefiere lo grotesco, aquello que estira, dobla o retuerce hasta deformar lo bello.
Política, simplificación y superficialidad.
Por eso, cuando se habla de la política internacional lo primero que pienso es ¿de qué política hablan?, ¿de esa puesta en escena llena de eslogan para ser viralizados?, ¿de los insultos irrespetuosos desde la sonrisa fingida de alguien que podría haber sido diseñado por una inteligencia artificial a la que se le hubiese dado el prompt: diséñame a un juglar con cetro y corona en el año 2026 y después "haz que hable con el público del teatro como si fueran estúpidos sin criterio".
Y lo peor es que, sin darnos cuenta, empezamos a preferir esa simplificación, que nos va arrinconando en el mal gusto y en lo fácil. Que nos hace preferir los titulares a la trama de las grandes novelas o de las tesis profundas.
¿Para qué entrar en el espacio complejo del conflicto moral si resulta más popular hablar de buenos y malos o de ganadores y perdedores?
Es más sencillo que el líder en el poder encarne el bien y la oposición el mal, que considerar la complejidad de los contextos y las múltiples posibilidades intermedias. Es mejor seguir al algoritmo y su respuesta que navegar en la ambigüedad, aunque nos perdamos la belleza del atardecer. Al menos, piensa el espíritu de lo kitsch (si es que tiene espíritu), la seguridad de esas respuestas nos permite creer que volverá el orden y eso tranquiliza.
Friedrich Nietzsche, sin embargo, consideraba que la belleza no es orden ni reposo, sino afirmación de la vida, incluso en su tensión y su tragedia. No es calma, sino reconciliación con la intensidad. Supone querer vivir la vida atentamente, sin intermediarios. Supone buscar la paz que nace de la aceptación profunda y no de la tranquilidad superficial.
Pero sí, el mal gusto suele ser más inmediato y nos evita todo ese tiempo de contemplar, de vivir la experiencia, de tener pensamientos y sentir a la vez. Y si no te gusta la foto de Netanyahu pon el poster de El gran dictador, la hermosa y profunda película de Charles Chaplin, aunque nunca la hayas visto. Y así, algo bueno formará parte de la escena.
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