El dolor de la calle

Artículos Articulados

Juan Vera - Artículo articulado - El dolor de la calle - Karinna Soto

Coautores de este artículo: Juan Vera y Karinna Soto

 

Karinna y Juan se conocieron en el espacio de la Corporación 3xi. Juan ha sido colaborador de 3xi desde que surgió la idea, en 2017, y actualmente forma parte de su directorio. Karinna dirige el programa Juntos en la Calle, un proyecto impulsado desde la Comunidad de Organizaciones Solidarias y la CPC, ambas organizaciones fundadoras de la Corporación.

La relación inicial entre ellos fue siempre en el marco de reuniones y encuentros organizados por 3xi. A Juan le resultaban especialmente directas y conmovedoras las palabras de Karinna cada vez que ella intervenía. La primera vez que lograron intercambiar más profundamente fue en el contexto de la propuesta de la primera edición de La Noche del Encuentro en agosto de 2024. Para Juan, la experiencia fue profundamente movilizadora, desde la etapa de organización previa hasta las visitas en grupo para conocer a personas que vivían en carpas, portales o albergues temporales

Le tocó ir con Eduardo Rommel a un albergue temporal de mujeres administrado por la Fundación Mission Golden. Allí conocieron a 19 mujeres y a sus cuidadoras, guiados por Gemima, una de las asistentes de la Fundación.

Al regresar de nuevo al punto de partida, Karinna les pidió manifestar que preguntas traían. Juan escribió unas simples líneas que leyó en alta voz: Regreso de estar con las 19 mujeres recogidas de la calle para que tengan un albergue temporal. Siento el corazón en mi garganta y mi voz en su latido. Traigo muchas preguntas y también dolor y gratitud infinitos. ¿Cuánta claridad necesitamos desde nuestros privilegios? ¿Cuánta luz para nuestras cegueras? ¿Cuántos motivos más para sostener la esperanza que pude ver en los ojos brillantes de las mujeres que acabo de conocer en el albergue? 

Miro ahora otros ojos en esta sala y sólo me cabe preguntar ¿a qué esperamos? 

Karinna manejó el cierre de una manera magistral. Después de ese momento se produjo un cambio en la mirada de Juan hacia las personas llamadas en situación de calle. ¿No lo somos todos de alguna forma? 

Juan volvió en septiembre a celebrar las fiestas patrias en el albergue y ha mantenido comunicación frecuente con Gemima para saber qué pasó con aquellas mujeres después del cierre del albergue al llegar el verano.

A principios de este año 2025 Karinna presentó su libro “El país de las carpas”. Juan no puede dejar de admirar a las personas que escriben. Saber que las historias reales que allí se cuentan estaban agrupadas en tres formaciones —Mar, Cielo y Tierra— ya le pareció un acierto literario. Descubrió que en el libro estaba contenida la historia de Katherine Lavín y su pequeño hijo, que estuvieron presentes en “La Noche del Encuentro”.

Desde hace un par de meses Juan supo que quería invitar a Karinna a escribir juntos un Artículo articulado. Se lo planteó y Karinna aceptó de inmediato. Hace unos días se juntaron a tomar un café para dar el puntapié a esta experiencia. Y así, hoy, Juan tiene la oportunidad de lanzar la primera pregunta.

Juan Vera (J.V.):— Admirada Karinna, muchas gracias por aceptar mi invitación. Quiero saber ¿qué significa, desde tu larga trayectoria social, vivir en la calle? ¿Qué emociones concurren en una experiencia así?

Karinna Soto (K.S.):— Hace 25 años que soy testigo de muchas vidas que sin haber nacido en la calle han llegado allí por diferentes razones, la principal es que la vivienda, ese refugio primario no está disponible para todas las personas. He aprendido de las y los protagonistas de estas historias que la calle no es un destino, quizás sí sea una decisión, aunque en muchos casos ha sido la única opción disponible. Vivir en la calle es perderse entre la multitud para ser invisible. Es elegir el espacio público porque el íntimo duele, se rompió o ya no está.

Los seres humanos no estamos hechos para vivir en la calle por lo que vivir en la calle es estar tremendamente expuestos a riesgos de todo tipo, se juntan allí muchas maneras de salir dañado, malherido, enfermo y muchas veces muerto. Se mueren las ilusiones, los afectos, los vínculos y episodios que nos parecieran sencillos como un resfrío podrían ser mortales. Vivir en la calle es vivir al menos 20 o 30 años menos que el resto de la población, es tener dolores recurrentes de todo tipo y aprender a sobrevivir con ellos. Vivir en la calle es ser despreciado, expulsado, abandonado, sospechoso, alerta y también es elegir seguir vivo, armar redes, moverte por la ciudad buscando hasta encontrar un lugar donde te ven, te conocen, te quieren. Allí vuelves una y otra vez hasta que decides que tú vales más que tu historia y decides empezar de nuevo. 

Vivir en la calle significa algo distinto para cada persona. Para algunos es otra de las muchas veces que, desde niños, han estado deambulando: en campamentos, en rucos, en una toma, donde fuera posible estar. Para otros, significa que no quedó nada después de una separación o de un duelo. Para las mujeres por ejemplo, vivir en la calle es algo que llega por cansancio, un agotamiento después de haber sostenido tanto y a tantos. Para los jóvenes, vivir en la calle es algo que llega junto con la droga, un escape del propio hogar, encontrar un grupo de referencia para sentirse mejor afuera que adentro.

Con todo, aunque la miseria siempre debiera ser vergonzosa para todos los que somos testigos, en la calle concurre la vida tan profundamente como la más plena de las existencias. Existe amor a raudales, hay rastros de padres y madres que cultivan el amor por sus hijos en aquellas circunstancias. Hay ternura, hay cuidado, hay creatividad, hay alegría, humor, sabiduría, humildad y tanta honestidad que hace muy bien estar cerca, porque las personas que han vivido en la calle me han enseñado a aferrarse a los sueños por más lejos que creamos que estén. Me han enseñado que salir de la calle es posible y que esa posibilidad no se hace solo. Vivir en la calle es sentirse solo y elegir ser acompañado. 

Aldo Oñate vivió en la calle algunos años hasta que lo conocí en el año 2000 en la Corporación Nuestra Casa. Llegó a Chile después de vivir el exilio en México sin padres y sin hermanos. Se casó, tuvo una hija y su mujer murió en el parto. Se hizo alcohólico y nunca pudo superar ese dolor. Es un artista maravilloso y además trabaja como guardia de seguridad en un supermercado. Está viejo y enfermo. Es mi amigo y lo quiero mucho. Ahora vive en una vivienda compartida del Estado porque con el sueldo mínimo no le alcanza para arrendar más que una pieza en muy malas condiciones en el centro de Santiago y pagar los remedios que no le da el consultorio. Saca tú mismo las conclusiones.

Juan Vera - Artículo articulado - El dolor de la calle - Karinna Soto
 
 

Juan, me gustaría saber desde tu trayectoria como acompañante o coach de personas de distintos ámbitos ¿qué tipo de dolor es el que provoca no ser visto/a, no ser reconocido/a como otro legítimo/a? ¿Te has sentido tú alguna vez así? ¿En qué circunstancias?

J.V.:— Gracias Karinna por esta respuesta-torrente que he debido leer dos veces para reconocer esa experiencia tan profunda. A la vez me volviste a traer a las mujeres sonrientes del albergue de aquella noche inolvidable de agosto de 2024.

Empiezo por tu pregunta más personal. En realidad no tengo una experiencia que me permita conectarme con el dolor de no ser reconocido. Hasta me da pudor pensar que alguna vez en mi niñez me molestó que algunos de los familiares maternos me llamaran gordito. Esa fue la única sensación de lo que entonces aún no se llamaba bullying. Por suerte, lo compensaba con "pero es tan inteligente y estudioso". En mi soledad no quería ser el gordito, el diferente a los demás primos. Y eso estuvo presente en muchas etapas de mi vida, me doy cuenta ahora que me lo haces pensar, pero, en realidad, siempre fui visto y en mi vida he estado siempre consciente de la importancia de asomarse al balcón, aunque sea de vez en cuando.

No ser reconocido es uno de los actos más violentos que un ser humano puede sentir. En mi experiencia, efectivamente, hay un rango de sensaciones de personas que sienten mancillada su dignidad y rebajada su categoría humana por aquellos que, no es que no los reconozcan, simplemente no los ven. No existen. Son invisibles. Y este fue mi primer descubrimiento: que es menos dañino ser ofendido que ser ignorado. 

Contra la ofensa está disponible la emoción de la rabia, la energía para responder a la injusticia de aquellos que nos hacen sentir su desprecio. Frente a la invisibilidad, quedan pocos recursos y el riesgo de no encontrar formas de mostrarse, porque eso puede afectar profundamente la autoconfianza y la autoestima.

"No me ven siquiera. No existo. ¿Quién soy entonces? ¿Qué falta en mí para ser completo o completa? ¿Cuándo empezó esto? ¿Qué hice o qué no hice?"

Son conversaciones interiores profundamente dolorosas y solitarias.

Los seres humanos, como seres sociales, necesitamos pertenecer y cuando somos invisibles no nos es posible pertenecer, no estamos en ninguna parte. Por eso creo que hablar de la calle es, a la vez, una situación dolorosa, pero también un lugar donde alguien puede estar. Y aquí estoy señalando el dolor que llamaría de la no pertenencia, para ir completando un primer cuadro y responder a tu pregunta.

Por eso el trabajo de acompañamiento más relevante no es el de empujar para mostrarse, sino fortalecer para encontrarse. Lo primero es encontrarnos con nosotros. Pronunciar nuestro nombre y levantar la mirada. Ese es el primer lugar que debemos habitar. Desde ahí se abre un camino 

Y vuelvo a preguntarte, me has hablado de Aldo Oñate. ¿Puedes contarme de otras situaciones concretas en la que las personas salieron de la calle y encontraron lugares en el mundo?, ¿cuál fue el recorrido para que eso sucediera?, ¿cuánto hubo de camino personal y de apoyo externo?

K.S.:— Se me vienen muchas personas a la memoria, algunos que he visto de cerca y otros de los que he tenido noticias. Hay quienes recuerdan esa dignidad que portan y deciden que su vida da para mucho más, en ese momento todo comienza a cambiar. Ese espacio de luz que se cuela tiene muchos nombres. Para algunos se puede llamar amor, hijos, trabajo, salud, amigos, familia, Dios, oportunidad, comunidad, pareja, varios juntos o algo más. No sé decirte exactamente cuándo se produce ese momento en que luego de un largo sopor algo se despierta en ellos/as y se abandona lo que se creía dormido, un yo enaltecido comienza un camino de vuelta hacia dentro.

He visto a muchas mujeres aferrarse al amor por sus hijos como a un salvavidas, uno que les permite vencer las adversidades y reencontrarse, en lo profundo, con lo sublime de la maternidad. Eso sucede al hacerse una prueba de embarazo, en el primer control médico, cuando comienza a crecer la panza, cuando sienten a sus hijos dentro… incluso en el momento del parto. Un niño lo cambia todo.

He visto a hombres dar por enterrados sus afectos con la excusa de ‘no tener vuelta’ ni ellos, ni ellos junto a sus seres queridos. En la calle se vive con vergüenza también. Es difícil decir con orgullo que vives en la plaza, debajo de un puente o donde te pille la noche en el bandejón de una avenida. Esa vergüenza aviva los frenos de los vínculos con sus hijos, con sus parejas o incluso con sus amigos cercanos. Recuerdo a Saulo. Con un poco más de 50 años, llevaba ya varios años dando vueltas entre casas de familiares y amigos, hasta que terminó en una hospedería del Hogar de Cristo.En ese tiempo andaba “escondido”, como él mismo nos contaba con sus propias palabras. Sus hijos no sabían de su paradero, y lo poco que sabía de ellos era por las llamadas que él les hacía de vez en cuando. Todo eso cambió cuando llegó al programa Vivienda Primero. Una tarde me contó que invitaría a sus hijos a tomar once. Desde ese día Saulo volvió a ser papá, tuvo las ganas y la posibilidad de estar cerca sin esa sensación de no tener nada que ofrecer. A menudo pienso en él y en que la vida de los hombres en calle es también consecuencia del modelo patriarcal al que se ha sometido a quienes siendo padres deben ser proveedores para poder ejercer ese rol en varios sentidos.

Como todas las vidas, ninguna en línea recta. El recorrido para salir de la calle tiene trayectorias muy diversas. Algo en común entre todas: alguien nos acompaña. ¿Es posible saber qué parte de nuestras propias luchas corresponde a los otros? ¿Será que para conectar con nosotros mismos es necesario que alguien nos muestre lo que no veo del camino que me lleva de vuelta? Esto es quizás la misma historia escrita por miles de seres humanos que hemos hecho junto a alguien ese camino de vuelta. Si tú conoces a alguien que ha salido de un tremendo dolor y si los seres humanos estamos hechos de la misma contundente esencia ¿cómo no creer que salir de la calle es posible?

Juan, vuelvo a pedirte conectar con tu experiencia acompañando a tantas personas. Cuéntame por favor cómo se cultiva, se siembra, se cosecha y se reparte la esperanza en medio de tiempos tan convulsos como los que estamos viviendo. Ese motivo por el que creer que acabar con el dolor de la propia vida es posible.

J.V.:— Primero, Karinna, gracias por tu respuesta y por ese libro El país de las carpas que no he podido dejar de leer desde que hoy me llegó, después de mucho esperarlo. Vuelvo a estar conmovido.

Soy de los que piensan que la esperanza es una decisión personal con independencia de la situación en la que nos encontremos, si bien las situaciones nos marcan profundamente, eso es cierto. La primera parte de mi respuesta toca muchos aspectos que tú ya has tocado. Un primer camino es el de recuperar la dignidad. Cuando alguien se siente indigno es difícil que levante la cabeza, que mire de frente a su adversidad. Por eso, en los procesos de acompañamiento, que alguien distinga entre quién es y la situación que vive, es fundamental.

Tu pregunta ¿será que para conectar con nosotros mismos es necesario que alguien nos muestre lo que no veo del camino que me lleva de vuelta? es muy poderosa. El acompañador lo que puede hacer es facilitar el camino de vuelta al yo y su valor. Acompañar a desandar el camino del auto-desarraigo, sin que eso suponga que la situación en la que se encuentra cambie, pero sí que quien la vive puede levantar la mirada y tomar decisiones. Ese fue el caso que nos cuentas de Saulo. Reencontró su dignidad y desde ella pudo llamar a sus hijos y mirarlos a los ojos y abrazarlos. En esa decisión hay esperanza.

Si alguien viviera solo en una selva, no se sentiría indigno. Podría tener miedo o hambre, y eso lo llevaría al movimiento y a la acción. Las personas en situación de calle saben —como también lo sabemos quienes no lo estamos— que no somos solos, que somos con otros. Pero entonces, ¿dónde están esos otros? ¿Quiénes son?

El otro nos constituye. Por eso, después de encontrarnos con nosotros mismos, necesitamos encontrar a los otros. Acompañar implica también este segundo camino: propiciar la vinculación con los demás.

En mi experiencia, a la que tú aludes, ha sido muy importante que las personas encuentren una causa. Las causas nos permiten tomar decisiones, recuperar la capacidad de acción, que es como decir recuperar la esperanza y por ello desviar la atención del yo-víctima para dar paso al yo-hacia-la-acción por algo que merezca la pena, aunque deberíamos decir que merezca la alegría.

No puedo evitar recordar los versos de Pedro Calderón de la Barca, escritor y dramaturgo, considerado el último del llamado Siglo de Oro de las letras hispanas. Su verso Cuentan de un sabio que un día que forma parte de su gran obra La vida es sueño (1635), teníamos que aprenderlo de memoria en el colegio cuando yo era niño. Te muestro las primeras estrofas:

Cuentan de un sabio que un día,
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba

de unas hierbas que cogía.

“¿Habrá otro —entre sí decía—
más pobre y triste que yo?”

Y cuando el rostro volvió,
halló la respuesta viendo:
iba otro sabio cogiendo
las hierbas que él arrojó.

El sabio, también en situación de calle, y no por ello menos sabio, encontró una causa por la que darle sentido a su vida y con ello recuperó la esperanza para querer seguir viviendo y no solo esperar el final de una existencia. 

Mostrar causas es, sin duda una forma de cultivar, sembrar, cosechar y repartir esperanza, como tú me has preguntado y ahora llego a mi tercera y última pregunta.

Juan Vera - Artículo articulado - El dolor de la calle - Karinna Soto
 
 

Tú fuiste responsable, durante siete años, de la política nacional para personas en situación de calle. ¿Cuáles son, desde tu perspectiva, las bases para profundizar esa política? ¿Qué habría que hacer que aún no se ha hecho?

K.S.:— Durante esos años aprendí que no basta con buenas intenciones ni programas aislados. Si queremos que vivir en la calle deje de ser un destino para muchas personas, hay tres cosas que Chile debe hacer con decisión y sin más postergaciones: 

  1. Saber de qué estamos hablando: No se puede resolver lo que no se mide. Chile no actualiza su catastro nacional desde hace más de 14 años, y el único dato oficial es un anexo del Registro Social de Hogares con importantes limitaciones. Tampoco sabemos cuántos niños, niñas y adolescentes están viviendo hoy en la calle: la última medición fue en 2018.

Actualizar, modernizar y compartir los datos en instrumentos de medición es urgente. No sólo para dimensionar el problema, sino para diseñar respuestas específicas, prevenir nuevas trayectorias y hacer seguimiento efectivo. ¿Qué pasaría si supiéramos cuántas personas salen realmente de la calle cada año? 

  1. Pasar de competir por fondos a colaborar por soluciones: Hoy, muchas organizaciones compiten entre sí por los mismos recursos. Esa lógica fragmenta los esfuerzos y frena el aprendizaje colectivo. Necesitamos cambiar las reglas del juego: crear incentivos reales para que el Estado, los municipios, las organizaciones sociales, las empresas, los medios y la ciudadanía trabajen juntos como una red territorial. ¿Cómo? Compartiendo datos, buenas prácticas y articulando la acción local en las comunas con mayor concentración de personas en calle. Lo que hoy falta no son sólo recursos, sino coordinación y voluntad política para romper los silos.

  2. Hacer de la vivienda el primer paso, no el último: Vivir en la calle no se supera sólo con abrigo o comida. Se supera con estabilidad, y eso comienza con una vivienda digna. Chile necesita incluir formalmente a esta población en su política habitacional. Eso implica abrir líneas de acceso, crear subsidios específicos y —sobre todo— generar condiciones para que el sector inmobiliario también se involucre: fondos de inversión social, incentivos tributarios, arriendo protegido, recuperación de inmuebles vacíos, entre otras medidas. Tenemos los pilotos, la evidencia y el conocimiento. Lo que falta es escalar.

Hemos avanzado, sí. Pero si queremos dejar de administrar la emergencia y empezar a construir soluciones sostenibles, hay acciones que no pueden seguir esperando. Lo primero es prevenir antes de lamentar. Hoy, cada persona que llega a vivir a la calle es el resultado de una cadena de omisiones. 

Sabemos quiénes son los grupos con más riesgo: jóvenes que egresan del sistema de protección infantil, personas que salen de la cárcel sin red de apoyo, mujeres que escapan de la violencia de género, migrantes recién llegados al país, familias allegadas o personas que pierden su empleo y no pueden pagar su arriendo. ¿Y si en vez de actuar después, diseñamos políticas específicas para que nunca lleguen a vivir en la calle? Para eso se necesitan tres cosas: datos confiables, intervención temprana y actores que trabajen de manera coordinada con foco preventivo.

Lo segundo es contar con una institucionalidad con dientes. Hoy enfrentamos un problema estructural con soluciones parciales y presupuestos dispersos en múltiples ministerios. Chile necesita una Ley Corta de Calle que integre las distintas partidas presupuestarias enfocadas en esta temática y cree una institucionalidad con foco claro: articular soluciones concretas en las 20 comunas donde se concentra la mayoría de la población en situación de calle. Esto permitiría a los municipios contar con presupuesto permanente para asegurar servicios básicos, y a las organizaciones de la sociedad civil innovar en estrategias coordinadas y basadas en el territorio. Una propuesta concreta es la creación de un Fondo Nacional de Calle, con atribuciones reales, financiamiento dedicado y liderazgo interministerial.

Y lo tercero es activar un Plan de Emergencia que se note en los barrios. Los problemas de convivencia en muchas comunas ya no pueden esperar. Se requiere un plan ágil que comprometa viviendas y programas de apoyo reales, que responda al aumento de tensiones entre vecinos y personas que viven en la calle. Esta no es solo una política social, es también una medida urgente para mejorar la convivencia urbana y la seguridad ciudadana.

Hoy tenemos conocimiento, evidencia, voluntad y redes activas. Lo que falta es pasar del diagnóstico a la acción. Dejar de tratar la calle como un tema estacional y empezar a abordarlo como un desafío estructural que podemos —y debemos— resolver.

Querido Juan, finalmente me gustaría pedirte que, en base a lo que conoces y a esta conversación, hagas una invitación a las personas que nunca se han acercado a esta realidad, especialmente a los políticos/as del país que están preparando sus candidaturas. ¿Por qué habríamos de ocuparnos de las 50 mil personas en situación de calle?

J.V.:— Querida Karinna, te leo y pienso cuánto ganaría este país que elegí para vivir si regresaras al espacio público, precisamente porque, más allá de propuestas privadas valiosísimas, como es el caso de la que tú lideras Juntos en la calle, necesitamos política pública e institucionalidad que permita que todo lo que propones se implemente. Podrías ser una articuladora de esa voluntad política que es necesario tener para que las cosas ocurran.

Y ahora tomo el desafío que me propones. Si me dirigiera a todas esas personas que desconocen la realidad de la calle y a los políticos que dicen querer un mejor país para todos, les diría que no podemos seguir manteniendo una declaración tan grandilocuente, ni seguir diciendo que queremos una mejor humanidad y un mundo de mayor bienestar sin proximidad auténtica. Cuando el mundo que vemos es el de nuestro entorno más próximo, si no salimos a mirar qué está pasando, esas declaraciones están vacías o se refieren al reducido espacio de los ojos que miran. Entonces, no podemos hablar de sentido social. Tampoco resulta fácil apelar a un sentido religioso de fraternidad. No podemos hablar de comunidad si excluimos.

Cuando los creyentes se persignan ante sus creencias y dicen que todos somos hijos de Dios, les invitaría a conocer a esos hermanos que viven en la soledad y en la miseria. ¿Puedes dormir cuando miles de tus hermanas y tus hermanos pasan frío, hambre y soledad?, ¿puedes considerarte humano cuando tu corazón no está abierto para conocer la profunda verdad de la inequidad y el abandono de quienes según tus creencias son tus hermanos, hijos del mismo Padre?

Les regalaría tu libro para que conozcan las historias de Katherine, Fernanda, Rosita, Nacho, Fidel, Jaime, Fabián, Martin, Eduardo, Lupercio, Tomás, Edinson, Marlene, Esteban, Robert, Patricio, Cristian, Luis, Isabel, Lucho. Les pediría que lo leyeran dos veces. La primera para saber, la segunda para pensar en su nuevo discurso.

Cuando los no creyentes dicen que quieren una sociedad más equitativa, en la que quepan todos, en la que haya igualdad de oportunidades y apoyos para los más vulnerables, les diría, que esas bonitas palabras mueren en el auténtico olvido de los días sin sol y sin sonrisa de quienes no tienen un lugar en el que se sientan integrados. Les diría que cuando hablan de terminar con la exclusión, no piensen solo en la exclusión racial, o en la de género, o en la de orígenes sociales, o en la de preferencias religiosas o políticas. La primera exclusión es la de los olvidados, la de quienes no son vistos.

Les sentaría en un confortable teatro de sofisticadas lámparas para leerles párrafos como los que escribiste: "Una niña con pantalón de buzo rojo y una polerita corta, sentada en los rieles de la línea de tren se arremanga el pantalón y sopla sobre su rodilla raspada (...) Descansa un rato y siente a lo lejos una marcha de los trabajadores de la empresa textil que está cerca de su casa. Se acuerda que a sus ocho años debe aparentar más porque, si no; se la pueden llevar presa. (...) cerca de la plaza Italia, se guió por los farolitos del parque Forestal y encontró una banca escondida en una sombra donde no la veía nadie. Ahí pasó la primera noche. Sin dormir, estuvo asustada con los nuevos ruidos y aunque aún le dolía la rodilla, ahí nadie más le iba a gritar, ni le iba a pegar. Tenía hambre, pero prefería pensar en los pajaritos que cantaban mientras toda la ciudad dormía"

Al terminar podría pronunciar palabras como estas: Les invito a algo sencillo: sean humanos, miren a los ojos a quienes viven en las carpas y los rucos, a quienes les piden en los semáforos y buscan algo de valor en los tarros de basura. Pregúntenles sus nombres y verán aparecer una sonrisa. Dense el tiempo para que les cuenten sus historias y verán aparecer una lágrima en sus propios ojos. Y eso ocurrirá porque esos ojos, acostumbrados a la belleza, al confort y a lo resuelto, se encontrarán con dolores que nunca pudieron imaginar y, aún más, con una esperanza que tampoco imaginan.

Dicen que la calle es de todos, pero para algunos sirve para pasear o dirigirse a donde eligen ir y para otros la calle es la cama, el comedor, el lugar en el que asearse y ensuciarse. ¿En esa desigualdad quieren vivir?, ¿esa injusticia responde a sus buenas intenciones? Al menos dense unos minutos para abrir los ojos.

Esta pregunta tuya me ha llevado a extenderme y aún me quedan líneas y párrafos atorados en mi garganta y en mi pensamiento. Gracias Karinna por aceptar mi invitación y por lo que para mí mismo ha supuesto entrar en el tema sobre el que acordamos hablar. 

Muchas gracias.

***

Karinna y Juan salen del café imaginario en el que empezaron esta conversación y deciden caminar un rato para seguir hablando de los personajes reales de su libro. Juan le pregunta por Cristian —el nombre verdadero de Marco—, quien había pedido prestado un bidón de parafina para un supuesto trabajo (una peguita, dijo él en chileno) que le permitiría ganar unas monedas. Esa noche, se quemó a lo bonzo en la ladera del cerro San Cristóbal, frente al hotel Sheraton. Una forma brutal de mostrar esos dos mundos que dejaron de conversar para pasar a ignorarse.

Como escribió Karinna, Cristian-Marco encarnó las palabras que dejó escritas Kurt Cobain en 1994 antes de suicidarse "Se me ha acabado la pasión y recordad que es mejor quemarse que apagarse lentamente". 

Juan y Karinna miran hacia el cerro de San Cristóbal en este día luminoso del invierno de Santiago y se preguntan cómo seguir abriendo espacios para que las llamas que se enciendan no sean para acabar la propia vida, sino para encender luces de sentido y de un futuro deseado. Seguirán, sin duda, hablando de esto.

 
 

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