El arte de acompañar

Juan Vera y Walter Giulietti - Artículo articulado - El arte de acompañar

Coautores de este artículo: Juan Vera y Walter Giulietti.

 

Walter Giulietti, argentino, y Juan Vera, español, se conocieron a través de un correo electrónico. Corría noviembre de 2018 y Juan encontró en su bandeja de entrada el mensaje de un desconocido: walter@waltergiu.com. Uno de esos mensajes que normalmente no habría abierto.

El asunto era algo así como: «¿Qué te lo impide?». Podría haber sido la oferta de una marca de moda masculina o, tal vez, la invitación de un nuevo restaurante italiano en Santiago. Sin embargo, lo abrió. Desde entonces, se ha preguntado muchas veces por qué.

En el correo, Walter Giulietti (en adelante Walter Giu) hacía alarde de todo lo que sabía sobre Juan: que era un coach con muchos años de experiencia; que le habían publicado numerosos artículos y entrevistas; que tenía facilidad para escribir; y que su especialidad en el coaching aplicado al poder y la política era única en lengua española. Sin embargo, no había escrito ningún libro al respecto.

¿Qué se lo impedía? ¿El argumento habitual de no tener tiempo? ¿La falta de una estructura para organizar la escritura?

Walter se ofrecía, entonces, como gestor de contenidos y acompañante en el proceso de escritura de libros, sin escribir él ni un solo renglón. Es decir, no era un ghostwriter.

Juan se sintió impactado por la buena redacción y el elegante descaro del tal Giulietti. Le respondió de inmediato que estaba por salir de viaje y que tenía por delante unas semanas muy ocupadas, pero que quería que conversaran antes de que terminara el año.

La conversación tuvo lugar por Zoom, mientras Walter se encontraba en algún país de Centroamérica. La terminaron con la decisión de empezar a trabajar juntos en febrero de 2019 para que Juan escribiera su libro El arte del coaching en el poder y la política.

La historia, desde entonces, fue rigurosa, creativa y ordenada. Nueve meses más tarde culminó con la edición de un libro que pasó a llamarse Articuladores de lo posible, publicado en diciembre de ese mismo año, y con el nacimiento de una entrañable amistad entre ambos que continúa hasta hoy.

Juan siente que tuvo un acompañante de lujo y Walter, un acompañado inspirador y especial. Por lo tanto, el paso siguiente fue encargarle a Walter que, junto con su equipo, llevara a cabo el lanzamiento y la promoción del libro, y que se ocupara de las redes sociales de Juan y de su identidad pública.

Ese fue el comienzo de un boom de publicaciones para Walter y su equipo, que más adelante se convertirían en EsaCosa.es. Desde entonces, han participado en la publicación de gran parte de los libros de coaching editados tanto en esta parte del mundo como en España.

Para Juan, significó el inicio de una etapa de gran visibilidad pública y la oportunidad de conocer a un grupo de personas entrañables y de enorme profesionalismo: Juancho, Laura, César, Lourdes, Agustín y varios más.

Por ello, Juan ha decidido invitar a Walter a escribir juntos este «Artículo articulado», una de las ideas de escritura que surgieron de aquellas conversaciones. Y, como de costumbre, lanza la primera pregunta.

Juan Vera (J.V.):— Hola Walter. No puedes quejarte de todo lo que el narrador omnisciente ha dicho de ti. Quiero que hablemos del arte de acompañar, pero antes quiero hacerte una pregunta que siempre me ha rondado: ¿Qué fue lo que te llevó a elegirme destinatario de aquel nombrado mail? ¿Fue intuición o alguna calibración realizada con algún algoritmo secreto?

Walter Giu (W.G.):— Me gustaría decirte que una voz me habló en un sueño premonitorio, que una señal apareció en mi camino. Contarte sobre alguna epifanía, corazonada o sincronicidad universal. Pero la metafísica todavía no se me da tan bien como me gustaría. Lo cierto es que, a riesgo de perder la magia y a favor de la transparencia, debo confesar que mi contacto fue fríamente calculado. Un proceso técnico, estructurado, replicable y medible, similar al que hacemos hoy con nuestros proyectos y clientes. Seguramente la palabra que más te duele es “replicable”. Porque claramente no fue el único mail que mandé y no fuiste el único profesional a quien intenté contactar. Pero tampoco fueron muchos más.

En aquel momento no había deep research, ni modelos de lenguaje, ni prompts, ni agentes, ni skills que nos prometieran volumen, productividad y eficiencia. En 2018 había que quemarse las pestañas buscando, navegando, leyendo. De todas formas, el contacto frío por mailing no es una ciencia compleja y, con algo de prueba y error y una pizca de suerte, se puede conocer gente maravillosa. Simplemente hay que saber orientar un poco la búsqueda. Y la mía era bastante particular: profesionales que brillan, pero que no se ven brillar. 

Buscaba emprender lo que hoy ya es una idea consolidada.

Tenía la hipótesis de que podía acompañar a profesionales a escribir un libro. Esa hipótesis estaba fundada en que ya había escrito y publicado el mío, y en que además había logrado sistematizar el proceso con otros proyectos editoriales paralelos. El siguiente paso era validar si existía interés por esa metodología y si alguien estaba dispuesto a pagar por un acompañamiento de ese estilo.

Hice un viaje a Ecuador para enfocarme en el emprendimiento y trabajé en la playa algunos meses. Ya había tenido otras experiencias como emprendedor y, en ese momento, decidí aplicar sobre mí mismo lo que muchas veces había hecho —y continuamos haciendo— con otros clientes. Diseñé el modelo de negocio, la oferta, el público, el discurso de venta y la prospección. Luego seleccioné diez profesionales, los investigué y les escribí un correo invitándolos a publicar un libro. El mismo día que envié la primera tanda de mails, llegó tu respuesta.

Fue una buena noticia y una señal de alerta al mismo tiempo. Según mi investigación, Juan Vera era un intelectual y empresario con hazañas tales como haber trabajado con el Gobierno de Chile liderando la primera planificación estratégica para la Modernización del Estado en los noventa. ¿Por qué una alerta? Porque eras, por lejos, el perfil más desafiante de todos. Pero también fuiste el primero en responder. Ahí está la pizca de suerte de la que hablo.

Lo interesante, visto en retrospectiva, es que, en aquel inicio, además de buscar clientes que validaran mi oferta, también buscaba rodearme de profesionales brillantes de quienes aprender. Por eso tu respuesta fue tan valiosa. Porque aparecieron dos cosas juntas: la posibilidad de un libro, y la posibilidad de continuar la conversación que nos fue acompañando a ambos. 

Porque el acompañamiento va en ambos sentidos. Quien acompaña también aprende, se transforma y se deja acompañar por la experiencia de la otra persona.

Juan Vera y Walter Giulietti - Artículo articulado - El arte de acompañar

Y ya que me invitas a reflexionar sobre el arte de acompañar, le hago honor al título del artículo y te devuelvo la pregunta: ¿cuáles crees que son las principales artesanías que necesita desarrollar una persona para acompañar bien a otra? O, dicho de forma más personal: ¿qué has aprendido en tu propia forma de acompañar?

J.V.:— Gracias Walter por tu rápida respuesta, es bueno no sentirse especial, aunque podemos seguir sintiéndonos únicos. Y voy a tu pregunta.

La primera claridad que tengo es que acompañar implica horizontalidad: ir al lado, ni delante, como si fuera un guía, ni detrás como si fuera un seguidor o alguien que prefiere halagar. Es algo que he practicado, incluso con personas de altos cargos. Acompañamos cuando ajustamos el paso y establecemos un camino, sea explícito o simplemente orientativo. En la horizontalidad podemos ser distintos y complementarios.

Desde luego, la segunda es la capacidad de escuchar sensiblemente, eso supone una clara atención al otro, a lo que dice y a lo que silencia. A lo que dice y a lo que puede haber detrás de lo que dice. Escuchar es siempre la parte más difícil de la comunicación y cuando se logra se convierte en el espacio más diferencial. Prestamos también más atención a quienes nos escuchan. De nuevo así se produce otra horizontalidad.

Y antes de continuar estableciendo otros aprendizajes quiero dejar claro que el acompañamiento se distingue claramente de la ayuda, de la dirección y de la enseñanza, aunque, como tú decías, en la relación se produce un aprendizaje mutuo. 

Mi aprendizaje de ese tipo de acompañamiento que es el coaching me llevó a elegir sobre otras opciones el acompañar. De hecho, en los últimos años, comienzo las asignaturas que dicto en la universidad diciendo: «Me llamo Juan Vera y quisiera que no me llamaran profesor. He venido a acompañarlos en su proceso de desarrollo». También les recuerdo que la palabra acompañar se vincula etimológicamente con la idea de compartir el pan: cum panis

Sigo entonces. Otra de esas artesanías, como tú las llamas, es que la relación esté presidida por la mutua libertad. Te acompaño porque respeto tu libertad, es decir, tu independencia. Es cierto que vamos juntos en un determinado camino, pero tu vida y la mía son distintas. Toda relación que genera dependencia rompe esa horizontalidad de los caminantes que van uno al lado del otro. La autonomía enriquece la relación entre las personas.

Y finalmente, al menos por ahora, añadiría que en esa forma de caminar juntos desde el mantenimiento de las diferencias nos abrimos a la ampliación de nuestras miradas e incluso a abrirnos a una ampliación de nuestra conciencia, porque la atención entre las personas nos lleva a un uso distinto de nuestro cerebro y a la posibilidad de que se produzca una sincronización que nos haga sentir una dimensión diferente de la visión del mundo. Y eso supone crecimiento. Crecer es una experiencia que nos permite seguir sintiendo que la vida continúa y está abierta a nuevas experiencias.

Y vuelvo a preguntarte Walter ¿Qué experiencias puedes contarme en la que hayas sentido que el acompañamiento que estabas teniendo eran más que un trabajo, más que un rol momentáneo, que eran realmente un arte?

W.G.:— ¡Me encanta este ejercicio, Juan! La velocidad de mi respuesta tiene que ver con el entusiasmo. No lo dije todavía, así que aprovecho ahora: gracias por convocarme a este espacio.

Tomo lo que dices sobre la horizontalidad, la escucha sensible, la libertad mutua, la autonomía y las diferencias. Son artesanías con las que me siento identificado, y que también veo en muchos de los profesionales con quienes he trabajado.

Yendo directo al grano para responder a tu pregunta, diría que el acompañamiento muestra su dimensión más artística cuando deja de ser solamente una prestación de servicio y empieza a convertirse en un vínculo. Cuando el vínculo también comienza a formar parte de la obra.

Esta conversación es un buen ejemplo. No quiero sonar adulador como GPT ni convertir este artículo en un intercambio de flores y piropos, pero lo que ocurrió entre nosotros, como ya adelantaste al inicio, trascendió el proyecto inicial.

Recientemente inicié en mi perfil personal de Instagram una serie de publicaciones alrededor de esta frase: “No es el proyecto. Es el vínculo”. Y ahí estás tú. La idea nació de observar que, en mi vida profesional, algunos de mis clientes o aliados pasaron a ser amigos o, al menos, gente a la que le tomé muchísimo cariño. Y siento que esos vínculos impactan en la calidad de los proyectos.

Un vínculo que trasciende lo profesional podría pensarse como una complejidad para la relación. Y lo es. Pero, a veces, mayor complejidad significa mayor riqueza. Cuando un cliente —o un socio, un colaborador o un aliado— se convierte también en alguien a quien quieres y admiras, el acompañamiento exige más cuidado, más conversación, más escucha, más presencia. Exige más artesanía.

Si miro hacia atrás, más allá de los ocho años de EsaCosa.es y Activo Editorial, además de justificar mis arrugas y las canas en mi barba, puedo alardear una tonelada de experiencias en las que el trabajo terminó dejando algo más que un proyecto bien hecho. En retrospectiva, puedo ver relaciones que se fueron transformando mientras hacíamos algo juntos. Puedo ver el crecimiento mutuo del que hablas.

No quiero exagerar, pero me encanta lo que hago y siento que trabajo desde un lugar muy cercano al arte, principalmente porque en muchos proyectos se me hace difícil separar el trabajo del placer y del sentido. Es más, puedo mencionar algunas artesanías que atesoro: hacer preguntas que iluminan respuestas ocultas, darle lógica a lo que está enredado, aclarar eso que la otra persona está queriendo decir, pero no puede terminar de expresar. Ese tipo de capacidades, en la mayoría de los casos, facilitan un muy buen proceso y un muy buen entregable. Pero, en mi experiencia, las grandes obras del arte de acompañar —las que rediseñan identidades, ordenan metodologías, construyen autoridad, abren oportunidades de negocio, inspiran movimientos, crean comunidad o dejan legado— suelen emerger cuando, además del oficio, también hay un vínculo.

Y eso me lleva naturalmente a una nueva pregunta para ti, mi querido cliente, aliado y amigo —en orden de aparición—: cuando el acompañamiento deja de ser solo un rol profesional y empieza a involucrar afecto y admiración, ¿cuál crees que es el mayor desafío?

J.V.:— Esta pregunta podría responderla en una sola frase: No confundir los roles y los sentimientos. No lo haré, a pesar de la tentación.

Traes un tema que me ha interesado profundamente desde que empecé mi formación como coach y especialmente en mis años en Chile. La primera preocupación fue distinguir la admiración de la idolatría. Cuando admiramos, ya sabes que la palabra viene del latín y remite a maravillarse, algo se transforma también en nosotros. Admirar no consiste solamente en reconocer en otra persona algo que consideramos valioso, extraordinario o especial. Es, sobre todo, sentir que aquello que vemos en el otro despierta en nosotros el entusiasmo y el deseo de crecer. 

Al menos yo, me he sentido inspirado por las personas que he admirado y admiro y eso me ha supuesto un gran interés en mantener la relación y en estar cerca. Por eso he visto muchas relaciones de pareja que se han roto cuando han perdido la admiración. En esos momentos la cercanía se resquebraja.

Al admirar, también consideramos que el admirado puede llegar más allá y que, por lo tanto, la relación puede engrandecerse y mantener la capacidad de asombro. Dado que estamos hablando del arte de acompañar, es difícil un largo acompañamiento en el que no existan el afecto, el respeto y la admiración. 

Por eso, metiéndome en tu pregunta, la admiración es un sentimiento que fortalece el acompañamiento y nos desafía a mantener altos estándares. El afecto permite, a su vez, la aceptación de que esa admiración no exija una impecabilidad sobrehumana. La admiración, como la confianza es en ámbitos. Uno de los desafíos, por tanto, es que no nos lleve a convertirlo en una expectativa de exigencia que haga inmanejable el equilibrio. 

Otro de los desafíos es convertir la admiración en idolatría, porque entonces se rompe la horizontalidad y el idolatrado puede creer que cualquier cosa es admirable y el idólatra perder su identidad y entonces dejar de defender sus derechos y sus intereses.

En definitiva, el gran desafío es que se cultive la admiración, como también es un desafío cultivar la amistad. Al hacerlo se produce un aprendizaje mutuo y la sensación de que podemos llegar a horizontes aún más amplios. Creo que, en nuestro caso, eso ha ido pasando. No nos quedamos en aquella primera apuesta y, desde entonces, cada año hemos emprendido nuevas ideas con la confianza de que ambas partes aprenderíamos algo nuevo.  Ahora que me haces pensar en ello, comprendo que eso también implica una dosis de humildad. No lo sabíamos todo desde el primer día. Lo fuimos aprendiendo en el camino. Nos permitimos asombrarnos. Fuimos filósofos, si hacemos caso a Aristóteles que afirmaba que el asombro es el origen de la filosofía.

 
 
Juan Vera y Walter Giulietti - Artículo articulado - El arte de acompañar
 
 

Y paso a hacerte la última pregunta. Desde lo que has aprendido, ¿qué te llevaría a aceptar hoy un acompañamiento y qué te llevaría a rechazarlo?

W.G.:— Esa es una buena pregunta, Juan, porque a medida que pasan los años me voy poniendo más exquisito. Sin dudas tiene que ver con el aprendizaje y con entender que, aunque pueda acompañar a alguien, también tengo que disfrutar de hacerlo.

Durante un tiempo acepté trabajar en proyectos porque la temática me generaba mucha curiosidad —y no me arrepiento, lo sigo haciendo—, o incluso desde un objetivo financiero, sin evaluar tanto a quien acompañaba. Hoy reconozco que el acto de acompañar, al menos de la forma en que lo hago, exige presencia y una disposición real a entrar en conversación con otro. Y según a quién acompaño, puede darme energía o quitármela.

De ahí que, a la hora de meterme en un proyecto, aparezcan ciertos criterios de selección. El primero tiene que ver con valores y propósito. Prefiero trabajar con proyectos que me inspiran y con personas u organizaciones que tienen algo valioso para aportar. El segundo tiene que ver con trabajar con profesionales que pueden reconocer y valorar mi aporte. Esto es clave, porque cuando la otra persona entiende cuál es mi aporte, también entiende mejor su propia responsabilidad dentro del proceso de acompañamiento. Y si además puedo identificar un potencial de crecimiento mutuo, mucho mejor.

Otro factor importante es trabajar en lo que me gusta. Me interesan especialmente los procesos donde una persona o una organización necesita pensar con más claridad su identidad, su narrativa y su negocio. Ese proceso puede terminar en un libro, en un sitio web o en un diseño de servicio. El entregable cambia, pero la base siempre está en el pensamiento estratégico. Eso es lo que disfruto.

Desde ahí estoy aprendiendo a evitar, o al menos a no priorizar, acompañamientos donde la conversación empieza por la urgencia de la ejecución. Porque pensar lleva tiempo y, aunque suene contracultural, tomarse tiempo para reflexionar es sano.

También me estoy alejando de conversaciones donde se subestima el trabajo humano, algo que ahora aparece en frases del tipo: “lo haces en un ratito con IA”. No digo que la tecnología no sea útil. Todo lo contrario. Pero una cosa es usar herramientas para potenciar el trabajo y otra muy distinta es delegar en ellas el pensamiento crítico o el criterio artístico.

Hoy, entonces, no participaría, o al menos no pondría toda mi energía, en proyectos que solo buscan ejecución y respuesta rápida. Prefiero acompañar a quienes, además de prestar atención a la calidad del entregable, también reconocen el poder de la conversación como parte fundamental del proceso.

Esto me lleva a una última pregunta: en un tiempo en el que cada vez más personas conversan con máquinas para tomar decisiones, ¿qué crees que sigue haciendo insustituible a una conversación humana?

J.V.:— Precisamente el hecho de que sea humana. No cabe duda Walter que la tecnología puede ser una gran ayuda. Esto lo repetimos constantemente, y es cierto. Sin embargo, lo primero que respondí cuando comenzamos esta conversación fue que el acompañamiento requiere horizontalidad.  Los seres humanos requerimos ser acompañados para vivir, pero también acompañar. La relación con la tecnología no es así. Podría usar las palabras que el zorro cruza con el Principito, después de que le pide que lo domestique.

—No —dijo el principito—. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? — volvió a preguntar el principito. 

—Es una cosa ya olvidada —dijo el zorro—, significa "crear vínculos... "

 —¿Crear vínculos? 

—Efectivamente, verás —dijo el zorro—. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domésticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...

La relación con la IA puede ser provechosa, pero es funcional y además ella no nos necesita. ¿Cómo podemos sentirnos ocupando un lugar en el mundo con quien no nos necesita, ni nos ama?

Eso explica porque han aumentado las enfermedades mentales, especialmente en las generaciones que han desarrollado una mayor adicción hacia algo que es solo una herramienta, aunque debido a sus capacidades conversacionales ha empezado a convertirse en un falso consejero para ellos. A veces he pensado que me gustaría que los más de dos mil libros de mi biblioteca me hablasen. Podría ser muy útil, pero eso no los convertiría en mis amigos. 

Dicho esto, vuelvo a tomar tu buena pregunta para responder de otra manera. Sigue haciendo insustituible la conversación humana el deseo de querer seguir siéndolo. La mayor amenaza a la que podemos enfrentarnos es que llevados por el desencanto sobre el futuro, los jóvenes declinen su condición de humanos. En ese mundo distópico se podría prescindir de las conversaciones "humanas".

Por eso en repetidas ocasiones he repetido que la esperanza es una obligación moral y que no podemos seguir aceptando el discurso catastrofista de que el ser humano es fundamentalmente perverso. Parafraseándote no sólo necesitamos llevar a cabo proyectos, necesitamos vínculos.

Una vez más, Walter Giu, como figuraba en el remitente de tu primer mail, hemos tenido una buena conversación. Te agradezco que aceptaras tenerla y, ambos estamos seguros, vendrán muchas otras más. 

***

Walter y Juan se disponen a levantarse de la mesa del café de alguna parte del mundo. Walter ve que aún le queda infusión en su mate y sorbe la bombilla. Juan le dice que de buena gana pediría otro capuchino descafeinado, sabiendo que la RAE admite también llamarlo cappuccino. Sonríen y deciden quedarse para seguir hablando.

Lo inevitable será especular con el partido de mañana, la final del mundial de fútbol entre España y Argentina. El camarero los escucha argumentar a cada uno que en esta ocasión su equipo es mejor. Despotrican contra la FIFA y lo inhumano del VAR ¿o acaso un video no puede ser trucado por la IA instantáneamente? y ¿quién nos asegura que el árbitro eslovaco que han designado: Slavko Vinčić no seguirá instrucciones de Trump?, ¿o de Infantino?, ¿y a que comprometerán los anillos que por primera vez se entregarán a los jugadores?

Se ríen a carcajadas al darse cuenta de que están cayendo en la perversa ironía que no ayuda al mundo que defienden.

 
 
 

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