¿Podemos seguir hablando de política?
Coautores de este artículo: Juan Vera y Rosana Etcheverry
Rosana es argentina y Juan español, nunca se han visto presencialmente. Se conocieron a través de internet. El 18 de julio de 2025, Juan recibió un mensaje de Rosana, a través de su página web. En él, ella le decía: “Me contacto para consultar la posibilidad de contar con su presencia en modalidad virtual, en un coloquio que estoy organizando en Argentina, provincia de Chubut a pedido de la agrupación Colegio de Politólogos”.
Rosana seguía en un tono muy elogioso, considerando un privilegio contar con la presencia de Juan en el citado coloquio y se presentaba como politóloga y coach ontológico.
Efectivamente, el coloquio se llevó a cabo, también virtualmente, y ellos siguieron en contacto con la idea de promover el coaching en el ámbito de la política y el poder en momentos en que ambos (política y poder) atraviesan por una imagen controvertida en todo el planeta.
Juan incluyó a Rosana en la lista de distribución de todos sus artículos y podcast. Rosana envió a Juan su libro recién publicado "Liderazgo multiplicador. El fin de la era feudal" y a partir de ahí lo incluyó en la recepción de su podcast" Crónicas del liderazgo multiplicador".
Está claro que comparten intereses y temáticas, por eso Juan ha considerado la conveniencia de invitarla a escribir juntos un Artículo articulado, invitación que Rosana ha aceptado.
Juan, como acostumbra, lanza la primera pregunta.
Juan Vera (J.V.):— Querida Rosana, como politóloga has hecho de la política y su entorno tu profesión, por eso quiero empezar con una pregunta rupturista: ¿Crees que podemos seguir hablando de política en este mundo que tiende al ejercicio ilimitado del poder?.
Rosana Etcheverry (R.E.):— Antes de responder a tu pregunta Juan, déjame agradecerte también en estas líneas tu amable invitación a compartir este espacio. Valoro mucho poder aportar desde mi humilde lugar a esta propuesta.
Ahora paso a responder a la primera pregunta, tema de debate de nunca acabar en los pasillos universitarios, más aún en la carrera de Ciencia Política. Siempre he dicho que la política bien entendida, construye; mientras el poder ejercido con templanza redunda en beneficio de las sociedades en constante superación. Para responderte tendría que empezar por definir qué entiendo por política, por un lado, y qué entiendo por poder, por otro. Aquí también se abre un debate interesante.
Desde hace tiempo la palabra política está siendo vapuleada y ha perdido el lugar de honor que debería ocupar, en bien de la ciudadanía. El ejercicio del poder ilimitado contribuye a la degeneración de la política misma. Desde mi mirada, el poder es la herramienta necesaria para que la política se encamine hacia la concreción de una sociedad mejor. Aquella, que como lo expresó Hannah Arendt, demuestra que el poder político es un aliado del ciudadano, siempre que sirva para reunirlos en el diálogo, en una creación colectiva, lejos de la imposición. Es un poder que edifica a la sociedad y la nutre de herramientas para una construcción conjunta a partir de la empatía.
El poder político no puede estar divorciado de la probidad e integridad por parte de quienes tienen la responsabilidad de ejercerlo. Y este debe ser el primer compromiso asumido frente a los destinatarios de este poder. Por eso creo que en un mundo que tiende al ejercicio ilimitado del poder, es urgente empezar a hablar de política desde otro lugar. Comenzar a transitar los caminos de una profunda transformación, que comience en la aceptación individual de esta imperiosa necesidad.
El ejercicio del poder que edifica solo puede ser posible a partir de la construcción de una política distinta a la que observamos hoy. Partir del propio ser, para entender que las consecuencias del poder ilimitado, gritan hoy por un cambio que lleve a las sociedades a reflexionar, aceptar, y accionar. Una sociedad que decida de manera consciente el rumbo de una nueva política, apartada del egoísmo, la violencia y la corrupción; donde prime el diálogo y la empatía.
Dado el auge de las habilidades blandas y el desarrollo emocional que se observa en estos tiempos, y estimo que en esto estamos de acuerdo, ¿crees que es posible capitalizar estas competencias relacionales para construir un nuevo paradigma de poder político que responda con empatía y eficacia a la ciudadanía?
J.V.:— Sin duda Rosana. Podríamos hablar de un poder amable. Adjetivo, que sin duda, requiere aclaraciones para no confundirlo con un poder débil. La amabilidad nada tiene que ver con la debilidad, por el contrario es una fortaleza de quienes están dispuestos a que las cosas ocurran desde el respeto a la dignidad de aquellos sobre quienes se ejerce.
La palabra poder suele ser interpretada como fuerza y ya eso encasilla las muchas posibilidades que existen de que el poder logre su mejor cometido. El poder no tiene por qué significar la superioridad de una idea, ni el tener mayor fuerza para imponer criterios, o tener una jerarquía estatuida. El poder fundamentalmente tiene que ver con que las cosas sucedan y, en ese sentido, la capacidad de articular, como he sostenido muchas veces, es una cara amable del poder, que está basada en varias habilidades blandas como la capacidad de convocar y de estimular la participación sincera.
Participar es una de las características de la democracia auténtica y esto debiera ocurrir, más allá del ejercicio del voto. En este sentido participo de la misma opinión de Hannah Arendt a la que tú te refieres. La participación muestra la voluntad del poder político de que la ciudadanía forme parte de la gobernanza y para ello se requiere la mezcla de voluntad política y habilidad, porque es necesario escuchar profundamente.
Escuchar para comprender las preferencias, las expectativas y los dolores de los ciudadanos. En la medida en que esto ocurra los ciudadanos sentirán que su palabra puede modificar algo.
Esa es la clave para que podamos hablar de una democracia participativa, lograda a partir de un poder amable que se ve a sí mismo como "un poder con otros" y no "un poder sobre otros".
En tu pregunta te refieres a "responder con empatía y eficacia a los ciudadanos". Para mí eso requiere de una disposición y una capacidad de cuidar. Hoy hablamos más de cuidar el planeta que de cuidar la humanidad, aunque es difícil que ocurra lo primero sin que nos propongamos lo segundo. Y no hablo de protección , ni de ningún tipo de asistencialismo. Me refiero al cuidado del vínculo, de la dignidad y del espacio común. Me refiero a que la participación implica devolver el poder concedido por los ciudadanos para que sean co-constructores del presente y el futuro.
El populismo se arroga el rol de salvadores y a partir de ello ocupan todas las vías del poder, desde un nivel de conciencia carente de lo que el poder amable requiere: Autoconciencia, humildad, regulación emocional y empatía.
Y paso a preguntarte Rosana ¿están presentes esas habilidades y esos valores en el mundo político en el que te mueves?, ¿qué sería necesario para que tomasen la decisión de aprenderlas o de usarlas?
R.E.:— Una primera pregunta que desafía al mundo político en el que me muevo, sin dudas. Las habilidades a las que me referí en la respuesta a la primera pregunta, y las que has sumado en tu intervención reciente, son escasas en el ambiente político que he podido observar desde mi experiencia personal.
Aún no percibo que exista en los políticos de mi entorno la firme necesidad de entrenamiento en habilidades blandas, y la preocupación por ensalzar los valores que mencionamos. Lo que no quiere decir que esta realidad acapare a todos; hay excepciones, y son dignas de destacar. Sin embargo, la urgencia de la agenda política de hoy está focalizada en “vender una imagen” que capte el voto y acompañe la gestión, antes que en desarrollar habilidades emocionales, lo que requiere pararse desde un nuevo observador.
De todos modos creo —desde mi mirada de coach, y analizando a la vez mi participación política— que el compromiso de acercar esta perspectiva a los escenarios de poder también es de quienes pregonamos la transformación desde la valoración del ser.
Observo en la ciudadanía un hartazgo manifiesto frente a la política de nuestros días, y por ende, a los políticos que la representan. Es evidente que gran parte de la sociedad reclama una política más empática, que conecte con las personas, habitando los valores de la probidad y del poder entendido desde la construcción conjunta.
En cuanto a tu segunda pregunta: ¿qué sería necesario para que tomasen la decisión de aprender y usar estas habilidades? Te diré que, pese al panorama que observo, me permito ser optimista. Si no lo fuera, no tendría razón de ser el seguir trabajando para que esa transformación acontezca en ámbitos de poder. Frente a este enorme desafío, entiendo que es necesaria una transformación profunda. Y desde una mirada ontológica, esto es posible si existe el compromiso de acción, motivado por el “querer” que esto suceda.
En este sentido, creo que existe un escenario posible para generar una política superadora: impulsar un nuevo contrato social basado en la empatía, en el poder con el otro, fundando los cimientos de una nueva política. ¿Cómo? Primeramente, creyendo que es posible; entendiendo la necesidad de mirarnos a nosotros mismos, en lo individual y en lo colectivo. Es momento de reestructurar prioridades: un escenario donde la persona esté primero y los valores la acompañen.
Luego, accionando desde la implementación de políticas que incluyan a toda la sociedad —niños, adolescentes y adultos— en el aprendizaje continuo de estas habilidades. Para esto, es indispensable el fiel compromiso de un Estado ya no solo presente, sino consciente. Necesitamos ser capaces de gestar una nueva sociedad que pueda parir una nueva política. Necesitamos saber que esta transformación, además de proyectarse a futuro, también es posible hoy.
Tras recorrer este segundo desafío que planteas, te pregunto, Juan: ¿crees posible impulsar un nuevo contrato social que funde las bases de una nueva política? ¿Cómo lo ves tú desde tu vasta experiencia?
J.V.:— Empezaré por unirme a tu consideración, Rosana, de que si no tuviese esperanza no estaría dedicado a articular conversaciones y a promover la sensibilización para aceptar la posibilidad de construir desde posiciones diferentes. En el triángulo escaleno, todos los ángulos son distintos pero componen el mismo triángulo.
Ahora bien, si hablamos de plazo no soy tan optimista, creo que han confluido circunstancias que hacen que haya pocas condiciones en el corto plazo para que ese "contrato social" se produzca, porque la sociedad está muy fragmentada y se ha producido un encuentro difícilmente superable. Me refiero a que cuando la política, la economía y la tecnología pasan por las mismas manos nos enfrentamos a un poder que no ve muy necesario hacer ninguna concesión.
A eso se une, como ya lo hemos dicho en otras ocasiones, el descrédito de la política y especialmente la idea extendida de que la democracia no ha cumplido sus promesas hasta el punto de que las nuevas generaciones creen poco en ella.
Creo que para hablar de un nuevo contrato social debemos tocar fondo para que los populismos muestren su verdadera cara. No se comprende si no que Donald Trump o el propio presidente de tu país mantenga apoyos superiores al 30% o que Nayib Bukele sea el presidente más valorado de Latinoamérica.
Ese incumplimiento de promesas, la inmigración desregulada, los graves problemas de seguridad y la amenaza de una inteligencia superior abona la atracción por personalidades de frontera, claramente psicóticas o deshumanizadas. Pienso en Donald Trump, Benjamín Netanyahu, Vladimir Putin, Javier Milei y un número creciente de no-dialogantes.
La oferta de mano dura y nacionalismo crece en el mundo ¿Cuánto dolor se necesita, cuánto horror para que una nueva sociedad emerja? Y sin embargo nada ha permanecido en el mundo y esa es mi confianza.
He terminado de leer el último libro de Giuliano da Empoli "La hora de los depredadores. Su tesis es que estamos entrando en una época en la que quienes saben ejercer el poder sin someterse a las reglas —los “depredadores”— están desplazando a quienes aprendieron a ejercerlo dentro de las instituciones. El derrumbe de las instituciones permite que el caos pueda ser visto hoy como un instrumento político. El poder que surge de ello desconoce los límites, emulan al Rey sol Luis XIV de Francia y su "el estado soy yo".
Esta claro que debe desarrollarse un nuevo liderazgo. Por eso me interesa conocer qué te hace ver el fin de una era feudal, aunque más bien enfocaré positivamente mi pregunta ¿Qué es y que puede traernos a un liderazgo multiplicador?
R.E.:— Confío en que no pasará mucho tiempo para que despierten las conciencias y emerjan nuevas formas de liderazgos. Como lo has mencionado, no conocemos los plazos, ni cuánta agua tendrá que pasar bajo el puente para que ello suceda. Y comparto contigo que “nada ha permanecido en el mundo”, por lo que también deposito allí mi esperanza.
Cuando refiero la frase “el fin de la era feudal”, no pretendo que en la actualidad y en lo concreto esto esté sucediendo en la política ahora mismo. Lo que expreso es que, para gran parte de la sociedad, la política tal como la conocemos tiene fecha de vencimiento. La sociedad ya no cree en los políticos, y el hartazgo está sobre la mesa. La sociedad reclama participación, pide ser escuchada, y de a poco, se agota la paciencia esperando una nueva política. Estamos a las puertas del fin de la era feudal, solo que los políticos no se han dado por enterados todavía. Así como hace veinte años nos parecía lejano el avance de la ciencia como lo vemos hoy día, también creo que estamos vislumbrando el fin de estos liderazgos políticos y el comienzo de una nueva era.
Puesta mi mirada en la necesidad imperiosa de un cambio profundo, propongo un nuevo liderazgo, al que distingo como multiplicador. Un modo de interpretar el poder que despierte conciencias, donde el desarrollo de habilidades blandas sea la base para una construcción política que se cimente en la empatía.
A partir de esta perspectiva creo que un verdadero líder es un formador de líderes y proyecta una comunicación efectiva para conectar genuinamente con las personas. Por eso, desarrollar la escucha activa, la comunicación asertiva, la persuasión inteligente, y un lenguaje que genere nuevas realidades debería ser el núcleo de formación de nuestras sociedades y de los espacios de poder. Generar nuevas conciencias requiere de un Estado al que realmente le importe la salud cognitiva de sus ciudadanos. Se evitaría así la proliferación de liderazgos enfermos de egos, manipuladores de las conciencias; colmados de mezquindad y mentiras que hasta ahora han llevado a la política a lo peor del ser humano.
El líder multiplicador precisa gobernar su mente. Si no lo hace, tampoco estará en condiciones de gobernar inteligentemente una Nación. Aquí radica el corazón del líder que multiplica. Antes de construir confianza con los otros, el líder debe realizar una travesía hacia su interior. El líder multiplicador que propongo tiene las características del liderazgo inteligente, donde la primera tarea es trabajar su propio mundo emocional. Daniel Goleman –referente mundial de la IE- habla de esto, y aunque no se refiere directamente a la política, su teoría abarca a todo ámbito de poder. Adhiero a su mirada y coincido con el autor; y creo en la necesidad de formación de las masas partiendo de edades tempranas, desde los primeros años de la niñez, y en un sostenido compromiso de enseñanza-aprendizaje a lo largo de las etapas de crecimiento y en la adultez. Una nueva sociedad puede ser posible con el compromiso de políticas públicas enfocadas en ello.
Hablar de habilidades blandas, de desarrollo personal, de comunicación efectiva, de liderazgo inteligente hoy es tema recurrente. Lo vemos en los tradicionales medios digitales de comunicación nacional en Argentina, por ejemplo, donde se destina un espacio para estos temas. Artículos que se entremezclan con noticias del día, con la política “dura”. Dos décadas atrás, esto no sucedía.
Una nueva política es posible; el desarrollo de un nuevo liderazgo es urgente. Trabajar desde el interior del ser humano en particular, y desde edades tempranas en las personas, es indispensable para construir sociedades más sanas cognitivamente y emocionalmente saludables. Aceptar la condición actual, creer que es posible y actuar en consecuencia, desde un Estado presente en la educación emocional, es lo que creo indispensable para el surgimiento de una nueva política. Así como el desarrollo de liderazgos multiplicadores, y sociedades empáticas que conecten para construir un paradigma superador al que actualmente transitamos.
Llegado el final de este espacio, quiero agradecerte enormemente la posibilidad de compartir contigo este artículo; es realmente un gran honor para mí. Ahora sí, estimado Juan, mi última pregunta: si adhieres al liderazgo multiplicador desde esta perspectiva -tú dirás si tienes una mirada diferente-, mi intriga latente es: ¿Cómo persuadir a los agentes de poder de la necesidad de asumir el compromiso y avanzar hacia una nueva política, generando liderazgos que construyan mejores sociedades?
JV - Para mí también ha sido muy grato Rosana, así es que el agradecimiento es mutuo. Ante tu pregunta empiezo por coincidir en la necesidad de avanzar hacia una nueva política que permita recuperar el sentido de la construcción colectiva, puedo tener diferencias en el camino.
Por eso, no sé si el verbo es persuadir, en la medida en la que supone una transformación de los actores políticos de un momento determinado o si la posibilidad pueda abrirse cambiando el mapa, es decir creando nuevos actores sociales, distintos a lo que hasta ahora hemos considerado los ejes del desarrollo de la política. Me corrijo para no dejarlo como una alternativa u otra. Creo que la opción es la segunda.
Hoy la disponibilidad de la información y los canales para influir han cambiado fundamentalmente. Por lo tanto, debiera ser otra la estructura de una arquitectura de lo político. Yo mismo cuando pienso en la política tengo que hacer el esfuerzo para no dejarme llevar por una forma de pensamiento que puede seguir teniendo un sesgo invisible.
A esto súmale la aparición de temáticas que en otros momentos no han tenido la misma relevancia. Ya hemos citado algunas en nuestra conversación: desde luego la disrupción tecnológica y la potencialidad de la IA, ya no solo como un canal sino como un agente, pero a eso podíamos sumar la longevidad, que conlleva la coexistencia de más generaciones que nunca y la brecha de observación del mundo entre esas generaciones.
Considerando la expectativa de inmediatez en una sociedad de mercado en el que las cosas son ahora y se usan y se tiran, las ideas también siguen un proceso parecido. Hoy es difícil hablar de planes y proyectos a largo plazo. Por ello, solo puedo imaginar que la sensibilidad para apreciar que vivir juntos es un proceso complejo nazca de la co-construcción en la que ninguna de las partes se ponga en la posición de ser cliente-consumidor. Vivir en carne propia, en mente y corazón propios la dificultad de la construcción y los requerimientos de acuerdos y concesiones que ello supone.
Es muy distinto lo que nos ocurre cuando miramos desde un rol determinado sin conocer los puntos de vista que tendríamos desde otro que cuando nos damos esa posibilidad ¿cómo ser gobernantes y gobernados, a la vez?, ¿cómo ser deudores y acreedores del mismo capital social?
Llevado a tu idea del liderazgo, puede suponer que como ciudadanos consideremos que requerimos una cuota de liderazgo dirigido a la construcción social, un liderazgo que no requerimos que nos otorguen, sino que debemos conquistar a partir de la conclusión interior de que somos parte de un todo incuestionable.
Y una vez más, ser parte de un todo, más allá de consideraciones espirituales y filosóficas, es algo que debería ser la base de un sistema educativo en el que el individuo y la colectividad no fuesen polos opuestos. Educación para ser ciudadanos activos del día y de la noche, colaboradores de esas mejores sociedades a las que te refieres en tu pregunta.
Hemos llegado entonces al final de este café imaginario. Mi última petición es: no te rindas. Mi última palabra: Gracias
***
Rosana y Juan se preguntan si alguna vez estarán presencialmente uno frente al otro, si tendrán conversaciones en las que aparezcan las sonrisas, si eso ocurrirá en Buenos Aires, en Santiago, en Chubut o en un congreso sobre Política en alguna parte del planeta.
Es una conversación más optimista que hablar de lo que pasa en estos días en el mundo y muchísimo más que si hablan de quienes lo dirigen. Juan le pregunta sobre la experiencia de vivir en la Patagonia. Rosana sobre la experiencia de ser español en Chile.
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